El placer de descubrir

Creo que se lo debo a mis padres, pero no estoy seguro. Desde que gateaba, en mi casa se ha escuchado lo mejor de las tres décadas comprendidas entre 1970 y la llegada del nuevo milenio. Dire Straits, Itoiz, Tina Turner, Mike Oldfield, Whitney Houston, Tom Petty, Cyndi Lauper, U2, R.E.M., Traveling Wilburys, Depeche Mode, The Cure… Con esta playlist sonando por los altavoces y los discos de estos artistas amontonados por toda la casa, habría resultado complicado no desarrollar una pasión por esa música. Y fue precisamente lo que me sucedió a mí.

Así, llega el momento en que uno queda fuera de onda —no hay expresión que, por anticuada, lo refleje mejor—. De hecho, embelesado por la música que se hacía en esos años que ahora quedan tan lejos, uno se construye su propio caparazón y se blinda frente a las hordas de canciones que se producen en la actualidad. Se enorgullece de pertenecer a la vieja escuela, la de los destinados a salvaguardar la verdaderamente buena música frente a las herejías que nos acechan. He exagerado un poco la situación, pero lo cierto es que la sensación que en ocasiones albergo es tan patética como eso.

Porque lo cierto es que hoy en día se produce muy buena música. También es cierto que hay mucha morralla, y eso se debe a que es más fácil que nunca dar el salto y llegar a los auriculares de la gente, pero eso no significa que ahí fuera no haya buenos artistas; muy buenos, de hecho.  Es por ello que, pese a mis reticencias iniciales, casi siempre acabo dando una oportunidad a las sugerencias que me brindan amigos y conocidos.

Con este espíritu, me comprometí hace no mucho a escuchar una lista de las canciones favoritas de una amiga. Una amiga alemana cuyas canciones favoritas eran alemanas, para más inri. Mi intención era escucharlas todas, cumplir, y con suerte habría alguna que no me disgustase. Qué equivocado estaba. No pude pasar de la primera. Y es que me fascinó.

La canción, cuya letra —y tiene mucha— obviamente no entendía, era perfecta. Con reminiscencias de Foster the People, pero incluso mejor. Una melodía fluida y adictiva, de esas que te ves obligado a escuchar unas cuantas veces antes de poder desprenderte de ellas. Un chorro de agua fresca en un momento en que, si no fuera por excepciones como esta, parecería que toda la música se produce en cadena, en masa. Deleite para los oídos, por resumirlo.

Von Wegen Lisbeth es el grupo en cuestión. Berlineses, con un álbum, Grande, publicado en 2016. Una de las promesas, sin duda, del indie-pop. Habrá que estar atentos a sus próximos trabajos, puesto que vienen pisando fuerte. Para que se vea que no miento, allá va una selección de las mejores pistas del disco. Y, como moraleja de la historia: jamás hay que despachar de buenas a primeras una sugerencia hecha con buena intención. En ocasiones, uno descubre maravillas gracias a ellas.

 

Meine Kneipe

 

Sushi

Wenn du tanzt

El artículo va, obviamente, dedicado a la amiga que me descubrió este grupo. Aunque ni siquiera comprendería la dedicatoria, es de bien nacidos ser agradecidos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s