84 días sin pescar


Cuando empecé a escribir en esta web no necesitaba tiempo. Cogía una idea y la exprimía. Manchaba un par de líneas. Luego la tiraba igual que tiras desde la cama una camiseta sudada en la más calurosa noche veraniega. Agobia y asfixia al mismo tiempo. Buscar ideas creativas para redactar un artículo es un corsé demasiado prieto con el que intentar respirar. No se producen a granel y no todos son capaces de expresarlas con la maestría que se merecen. Yo antes lo hacía (o eso me gustaba creer).

Entonces, ¿qué ha cambiado? Si ahora medito más la temática de mis textos, si tengo más experiencia que aquel efebo que aporreaba las teclas disparando sus dedos a quemarropa, si ahora tengo más cultura literaria, ¿qué ha cambiado? Anduve con esta pregunta hasta que la respuesta dio conmigo: El problema es la perspectiva. Cuando la ganas, te sientes más pesado.

Si tengo que describir una ciudad, cómo puedo mirarme a la cara sin pensar en el París de Balzac o en la Londres de Dickens. Si hablo de la dificultad de escribir, mis palabras se verán eclipsadas por las de Bukowski. Si pienso en novelas negras, me repite el sabor amargo de Agatha Christie, Conan Doyle o la mismísima Daphne du Maurier. Intento jugar con las palabras y Joyce termina jugando conmigo como si fuera Ulises. Invento relatos terroríficos y Stephen King me deja noches en vela, con un nudo en la garganta.

 

Personajes de Murakami afirman: Si lees a Dickens, tienes todo mi respeto.

 

Cuento una relación amorosa y la pomposidad de Murakami me abruma a niveles insospechados.  Exploro las posibilidades de la narrativa no lineal y Cortazar me salta con su Rayuela. Creo una aventura espacial y Douglas Adams me enseña la respuesta al sentido de la vida, el universo y todo lo demás. Denuncio el idealismo extenuado de algunas novelas para que Golding me describa el salvajismo humano. Pero si quiero hablar de hipocresía, ya tengo a Stevenson con su Dr. Jekyll y Mr. Hide.

Decido ser poeta hasta que leo a Whitman, Poe o Lorca y rompo a llorar. La prosa púrpura mejor ni tocar, me produce más rechazo que el vomitivo Coelho. Quizá lo mío sean los niños, me decía sin conocer a Dahl y su melocotón gigante. Tecleo rápido, sin pensarlo demasiado, pero cómo seguir cuando sabes que el jodido Cervantes escribió la segunda parte de El Quijote en 15 días.

No estoy hecho para los tacos en mis artículos, Reverte lo hace con más estilo y acierto. Creo tener una imaginación desbordante, hasta que Tolkien la desborda en El Silmarillion. Por un párrafo brillante, estaría dispuesto a bajar a cualquiera de los infiernos de Dante, solo para sentir la redención, como Los miserables de Víctor Hugo y su particular rebelión. Pausa. Voy a filosofar, antes de que Sartre me induzca a La naúsea.

 

Una novela que no entiendo, ni falta que hace.

 

Levanto la mirada, descorazonado. La tradición literaria que me precede hace que padezca un sentimiento de responsabilidad. La tinta de las grandes plumas pesa sobre mi espalda, que coquetea con la lumbalgia. Sé que suena absurdo, pero quién me va a leer a mí pudiendo leer a Quevedo, a Galdós, a Conrad, etc. Me mareo solo de pensarlo. De dónde saco fuerzas para sentarme, delante del ordenador, queriendo descubrir el fuego en un mundo en llamas.

Antes, mi inocencia era un motor creador de despojos. Ahora, ni siquiera puedo elaborar esa basura con la misma facilidad. Pensaba que las referencias culturales me ayudarían a apuntalar mis propias palabras. Tenía razón. Cada línea que leo de García Márquez apuntala mis palabras para después desbrozarlas cual mala hierba. 

Mantengo esa mentalidad espongiforme, aunque ahora me asuste más que la cadena penitenciaria de Kafka. Escribir para que no te lean es un esfuerzo más inútil que El mito de Sísifo de Albert Camus. Podría parecer una mirada demasiado pesimista. La verdad es que me siento como el viejo de Hemingway tras ochenta y cuatro días sin peces que pescar.

De momento, tengo asegurado una lápida de redactor mediocre. Supongo que lo único que me queda es tiempo para seguir intentándolo. No por ganas, tampoco por ingenio y desde luego no por capacidad. Simplemente por tiempo.

 

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