El paraíso arrasado en reconstrucción

Passikudah es una aldea de la costa este de Sri Lanka. Es un paraíso idílico por la belleza de sus paisajes. Pero, Passikudah dejó de ser el Edén para volverse un infierno el 26 de diciembre de 2004. Un tsunami devastó la zona de arriba abajo, sin dejar títere con cabeza. Por si fuera poco, ese lugar estaba en guerra, lo que hizo que mucha gente se quedara atrapada en las alambradas, trincheras… Solamente en esa costa murieron 34000 personas, catástrofe que se vio acrecentada con creces por la situación de la región.

Passikudah no recibió tanto las ayudas humanitarias internacionales que llegaron al gobierno por culpa del conflicto. Eso creó mucho atraso a la hora de la reconstrucción. Los pobladores fueron trasladados tierra adentro. Vivieron durante tres años en tiendas de campaña. Cuando el gobierno conquistó esa zona y se terminaron los conflictos, les construyeron otra aldea, con dinero del gobierno holandés, a tres o cuatro kilómetros de donde anteriormente se encontraba.

Es decir, se les movía de su hogar, ellos son pescadores y necesitan estar en la costa. Desde entonces hasta ahora, no habían tenido capacidad de reconstruir. En esa comarca el repunte del turismo también es un factor por el que a los pobladores de Passikudah les atrae volver a sus tierras, para mantener su propia cultura y para poder aprovecharse de ese nuevo comercio.

Alejandro y Araceli, ciudadanos de San Sebastián, trabajan por hacer realidad ese sueño de poder regresar a sus casas. Hace un tiempo se embarcaron en el proyecto de reconstruir trece casas en su lugar original, al lado de la paradisíaca costa.

Para que la gente pueda ayudar, crearon una web “Passikudah Bizirik”. “Los primeros tres meses ni siquiera teníamos puestas las cuentas bancarias. La idea fundamental era saber si íbamos a poder juntar en una red ciudadana tanta gente como para hacer viable un proyecto de estas características. En la propia web ya marca que se necesitan trescientas personas, o unas aportaciones equivalentes a trescientas personas para la culminación completa del proyecto. Cuando vimos que había más cien personas dispuesta a colaborar, creímos que era el momento de darle otra dimensión al proyecto. Entonces incluimos las cuentas bancarias” explica Alejandro, contando cómo se puede colaborar. “La situación actual es que para tomar parte en la red solidaria hay estas dos formas de contacto: Teléfono, es decir WhatsApp, o por email. Nosotros nos ponemos en contacto con esa persona para meterle en la red. Los miembros de la red para colaborar entregan únicamente diez euros al mes durante un año. La otra manera es mediante cuentas que hay para las personas que no quieren o no pueden participar de forma activa en el proyecto. Haciendo una ayuda puntual en estas cuentas también beneficia a la iniciativa. Evidentemente, si alguien participa en la forma de colaborador fijo, es más garantista, asegura más el éxito del proyecto”.

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Una de las casas de la aldea en plena reconstrucción

Un proyecto como éste es muy difícil que llegue a mucha gente, pero “Passikudah Bizirik” ha logrado repercusión: “En estos momentos estamos doscientas diez personas. Todavía necesitamos el equivalente a noventa personas para que el proyecto se vea finalizado. Aparte de los colaboradores estamos inmersos en diversos proyectos” explica Araceli. Por ejemplo, el día 19 de abril se sorteó una cena para seis personas en la sidrería Petritegi. De esta manera, este lugar ha colaborado en “Passikudah Bizirik”. Otra actividad es una exposición en la casa de cultura del barrio donostiarra de Loyola, con fotografías de las personas para las que se van a construir las viviendas y alguna fotografía de como dejó el lugar el tsunami. También están organizando una jornada festiva en el barrio del Antiguo.

Cuando se les ocurrió el proyecto, mucha gente reaccionó con entusiasmo. “Que veinte personas dijeran que sí de manera incondicional nos dio mucha fuerza para seguir” declara Alejandro, dejando claro que este proyecto sin sus socios y sus ganas sería imposible llevarlo a cabo. “A la gente le vas explicando las cosas: Al principio alguien que no sabe ni dónde está Sri Lanka pues es normal que les suene un poco extraño. Pero cuando explicas el proyecto de una manera sencilla, la manera de comunicarnos que tenemos, siendo un proyecto tan humilde y tan grande a la vez, la gente se emociona. Hemos llegado a doscientas personas, que algunas son de nuestro entorno, pero es mucho más que eso. Necesitamos nuevas formas de llegar a la gente, porque de manera personal nosotros no tenemos capacidad de explicar a más gente nuestro proyecto”.

En cuanto a un posible apoyo de las instituciones, Alejandro responde claro: “No hemos tenido ninguna ayuda, pero tampoco la hemos buscado. Para tener algún tipo de beneficio institucional nos obligaban a constituirnos como ONG y a hacer muchas cosas. Al ser un proyecto cerrado con un objetivo definido y que, en teoría, no va a tener una continuidad, consideramos que iba a ser más un trastorno que una ayuda; pero sólo en este proyecto, en otros ya se verá”.

La reconstrucción de la aldea está en marcha desde el pasado 26 de diciembre. Como explica Alejandro, no fue una fecha elegida al azar: “Fue un 26 de diciembre cuando el tsunami la arrasó. Era una fecha emotiva y los pobladores deseaban empezar ese día. El plan era empezar en 2018, pero adelantamos las fechas”. El día anterior a la entrevista se había colocado la primera piedra de la séptima casa, superándose al ecuador de las trece casas que contempla construir este proyecto. Pero las últimas no podrán construirse si no se logra la financiación necesaria.

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Visión de la aldea con varias casas ya construidas

Preguntados por el mejor recuerdo que tengan de sus múltiples visitas a Sri Lanka, Alejandro cuenta la historia que les hizo plantearse esta iniciativa: “Nosotros llevamos mucho ayudando en esa zona a nuestra familia adoptiva de allí. Pudimos comprar botes y redes para que volvieran a pescar, pudimos construir una casa etc. Todo eso con una ayuda muy cercana a nosotros, sin abrirlo todo a un proyecto tan grande. El año pasado cuando fuimos coincidió que era una celebración religiosa hinduista suya. Semana de celebraciones en la que estuvimos. El último día hacen una especie de procesión entre el templo y el mar. Luego en el mar hacen una ofrenda. Pero previamente en el camino, anteriormente se detenían en cada casa de la aldea y desde esas viviendas hacían su obsequio a sus dioses. El año pasado hicieron lo mismo donde habían estado las casas, aunque ahora sólo fueran solares arrasados. Eso nos emocionó mucho, pues se demostraba el arraigo que los pobladores tienen con su tierra”.

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Los pobladores de la aldea

En cuanto al momento más duro, Alejandro se muestra compungido mientras las imágenes de lo ocurrido pasan por la mente de los dos entrevistados: “El más duro fue la muerte de uno de los pobladores en una trifulca. Mucho conflicto en Sri Lanka viene por las luchas de raza: musulmanes y budistas, zingaleses y támiles… Siempre ha habido mucha tensión. Hace un par de años cuando fuimos estuvimos con uno de los miembros de la aldea y al día siguiente nos enteramos de que por la noche lo habían asesinado. El entierro y esos momentos fueron muy duros”.

Sri Lanka es un país que muchos habitantes de este país probablemente no conozcan, no digamos ya saber colocarlo en el mapa. Por eso es interesante saber cómo fueron sus inicios en este mundo en un país tan “desconocido”. Araceli responde: “Hace 35 años conocimos a una familia de allí, invitados a San Sebastián por un amigo viajero. Desde entonces mantuvimos la relación. Hubo una época que se cortó la relación por culpa de la guerra. A pesar de todo, el vínculo seguía y cuando se acabaron los conflictos una compañera mía estuvo en Sri Lanka y les visitó. En ese momento, y gracias a las nuevas tecnologías, nos pusimos rápidamente en contacto con ellos. La situación era más tranquila y decidimos ir a visitarlos”.

“Passikudah Bizirik” no es una iniciativa habitual y por ello la pregunta de si conocen más proyectos como el suyo es obligada: “Tan pequeños no. Conozco movimientos que empezaron de manera similar. Quizá algunas organizaciones más grandes, como Zaporeak, pero ellos empezaron siendo cuatro amigos con una furgoneta yéndose a África a dar de comer a la gente. Es decir, comenzó de manera similar, pero por lo demás no”, contesta Alejandro. Araceli sí ve similitudes con una idea que conocieron en Sri Lanka: “Una chica británica vivió en Sri Lanka de joven, porque sus padres trabajaban allí, y ahora ha formado una organización que ha creado ya cuatro escuelas sólo para chicas. Un proyecto muy interesante”.

Casos harto conocidos de escándalos en ONGs y organizaciones de otro tipo han salpicado con tinta miles de hojas en los periódicos y con piezas informativas los telediarios durante los últimos años. A la pregunta de si la solución a la falta de credibilidad de estas ayudas pueden ser iniciativas pequeñas como la suya, Alejandro contesta:” Las ONGs grandes tienen ese hándicap, que al final son tan enormes que se convierten en holdings, pero es que tienen que serlo. Sino es imposible hacer frente a todo lo que hacen. Eso puede generar desconfianza. Yo creo que la mayoría de las ONG son honestas, pero dentro de éstas puede haber personas que no lo son. Quizá proyectos como el nuestro puede ser una solución, sí. Al fin y al cabo, nosotros comunicamos siempre cada movimiento a los 210 socios por WhatsApp o por email: Se mandan las fotos, los gastos, las transferencias… Se comunica todo de una manera muy directa. Por tanto, esa desconfianza que quizá en una ONG grande sí exista aquí es imposible”.

Más allá de Passikudah no tienen nada pensado en el futuro. “Por ahora estamos centrados en esto, no miramos que hacer una vez esté construida la aldea. Surgirán cosas seguro, porque desde 2004 han ido saliendo cosas, ayudas puntuales, cuestiones concretas… Ahora estamos sumergidos en esto y luego ya se verá.

“No hay mucho que decir. Que les miren a los ojos. Que se trasladen a esa situación”. Así responde Alejandro a mi petición de un mensaje a los que se estén planteando colaborar con ellos. “El ser humano es empático, lo que pasa es que muchas veces no nos dejamos serlo. Cuando alguien aparca todos los prejuicios y observa de que se trata el proyecto… Yo creo que la gente se va a enganchar” concluye entusiasmado.

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Uno de los pobladores de la aldea trabajando

Araceli concluye hablando de como son los pobladores de la zona: “Yo lo que les pido es que, si alguna vez van a Sri Lanka, vayan a la costa este. Aparte de ser un paraíso, la gente de ahí es muy acogedora. Te tratan desde el primer momento como si fueras de su familia. Su hospitalidad es impresionante. Inmediatamente ese lugar se volverá tu segundo hogar”

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