Cuentos que se susurran de madrugada

Cuentos que se cuentan de madrugada, historias que se susurran a las primeras horas del nuevo día. Donde lo raro se vuelve bello y la vida en un mero tránsito que te hace llegar hasta allí. A esas horas en las que puede ocurrir de todo, aunque a la mayoría de la gente le pille soñando.

Quizá sea porque el dolor es más real cuando los que te producen esos sentimientos están soñando con alguien que no eres tú. O igual es porque tú sí estás soñando despierto con esa persona. Lo que está claro es que de madrugada todo se nota más, todo se intensifica. La magia que te ayudaría a conquistar no existe, sólo es real la migraña que te produce pensar maneras de arreglar algo que precisamente esa otra persona no quiere arreglar. Todo es sufrimiento hasta que ves entrar el sol por las rendijas de tu persiana, ahora ya no duele tanto. Picor de ojos y ojeras han sustituido al corazón en ese viaje sin pinta de poder terminar que se llama amor, o tal vez se llame odio; nunca le quedó muy claro.

Escapar físicamente debido a una huida imposible de realizar psicológicamente. Dejar atrás todo lo bueno para dejar lo malo. Hay cosas que se van y no vuelven. Con el tiempo se olvida, nunca regresa. Escribir. Lo que sea, pero escribir, eso le dijeron. Y eso hizo.

No paraba de escribir. Ni siquiera para comer. Ni para buscar un trabajo que le diera dinero. Solamente cogía el bolígrafo y lo exprimía hasta la última gota de tinta, alimentándose de ella. Tenía miles de folios escritos.

Al no tener billetes, pronto se quedó en la calle, su casera fue a ver cómo lo desahuciaban. Le decía “lo lamento, necesito dinero para que no me echen de mi otra casa a mí”. “Puto sistema”, clamaba él.

Cuentos que se cuentan de madrugada. Historias que se susurran a las primeras horas del nuevo día. Ya no escribía. Sólo leía. Tenía miles de historias inventadas sacadas de sus tripas para contar. Cosas para contar y un público indigente y sin techo siempre fiel a sus cuentos de madrugada susurrados. Ellos siempre brindaban con sus vasos de plástico por sus historias de amor roto. Algunos decían que esos relatos debían publicarse. Él nunca hacía caso. Dormía con carpetas y más carpetas debajo suyo, todas repletas de magia.

Una noche, tras el ritual de cada madrugada, todos se encontraban durmiendo entre cartones, resguardados del inclemente clima por paredes de casas de gente más afortunada que ellos. Precisamente a esas horas pasaba un editor de pacotilla, borracho como una cuba, y tuvo la mala fortuna de tropezarse encima de nuestro protagonista. Antes de que él pudiera reaccionar, el editor ya andaba leyendo una de las carpetas. “¿Lo has escrito tú?” preguntaba asombrado el editor. “¿Qué ha pasado?” murmuraba el escritor, sin despejarse del todo. El editor vio la ocasión de utilizar a ese pobre hombre en su propio beneficio. Se presentó y se mostró muy interesado por su historia. Él le dijo que parecía más interesado en buscar otra botella por el campamento de los vagabundos que otra cosa. Tras mucho hablar y mucha documentación enseñar, el editor hizo ver su profesión y mostró su interés por lo que tenía escrito.

Al día siguiente fueron a la editorial. Le trataron como a uno más desde el principio. Todos se mostraron interesados en conocer todo lo relativo a su existencia. El jefe se quedó maravillado. “¡Cuánto dinero vamos a ganar por este tipo!” le dijo a su descubridor, dándole una palmada en su arqueada y sumisa espalda. Los editores juntaron muchas de las partes salidas de su imaginación por separado para lograr una novela estructurada, ante la sorpresa de su propio autor. La editorial vendió a todos los medios la noticia de su autor vagabundo que escribía solamente por sentimiento. Se hicieron eco de ello y su libro fue un superventas.

Desde el día que el editor borracho le sacó de allí, el escritor no volvió con sus amigos indigentes. Las noches se les hacían eternas sin sus historias. Los ojos abiertos, cada uno debajo de su cartón, era lo único que iluminaba un poco lo que antes se rellenaba con aventuras ficticias. Todos se iban a dormir pronto y se despertaban más pronto aún. Las grandes noches de antes ya solo eran meros recuerdos. Madrugaban para nada, no tenían nada que hacer en una sociedad que hacía tiempo que les había dado la espalda. Despejados pero tristes se disponían a afrontar un nuevo día sin parar de preguntarse que habría sido de su amigo escritor.

Su copa se rellenaba sola. Él solamente tenía que alzar el brazo cada vez que su sirviente se acercaba con la botella entre sus manos. Ya ni escribía ni leía, simplemente dejó todo lo que tenía escrito a la editorial y a cambio, cada mes le daban una jugosa cantidad de dinero, muy por debajo de lo que se estaba logrando con su prosa, todo sea dicho. Ya no se acordaba de sus amigos. Ni siquiera de su amor imposible. De nadie. Solamente quería que le rellenaran la copa.

De madrugada dormía. Desde que se metía hasta que despertaba para un nuevo día de ver como se le rellenaba la copa sola. No recordaba, o no quería recordar, nada que le impidiera dormir sin preocupaciones por las noches. Ya no usaba la voz para susurrar las mejores historias concebidas, tan solo la usaba para mandar. Se había acomodado tanto que no se levantaba del sofá en todo el día.

Los años pasaron, los recuerdos se borraron. Nadie recordaba ya los tiempos en los que las madrugadas no eran para dormir, sino para susurrar cuentos. Historias que relataban sueños de amor imposible en un mundo que parecía haberse olvidado de ese tipo de narraciones. Los vagabundos fueron falleciendo, al igual que el escritor de esas historias, que murió opulento en su mansión, pero solo. Y lo único que permanecerá siempre son esas hojas llenas de tinta de desesperación, que trataban de encontrar solución a un dolor que parecía no tener fin, pero que sí lo tuvo, y no fue con el dinero sino con la amistad. En esas hojas siempre quedaran las marcas de polvo y de vino barato derramado sobre ellas, siendo esos desperdicios quizás los únicos supervivientes de noches mágicas que jamás volverán a repetirse.

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