Miseria

Miguel se ve reflejado en el charco del suelo. Nunca se ha caído en uno jugando o haciendo simplemente el tonto. Nunca lo ha hecho pero aun así sigue adelante. No para de observar rostros de niños felices jugando como si después del día no llegará la noche, como si después de la alegría no llegará la tristeza. Se rasca la cabeza y piensa que él no es tan diferente; les falta el pelo a varios como a él, aunque a unos les falta por salir aun, y a Miguel ya se le perdió para siempre por los desagües de las distintas duchas sucias por las que ha pisado sin chanclas y sin pensar en ello. Miguel fue hijo de la miseria y de miserables, aunque para él los malos fueran siempre los otros. Por un padre alcohólico que por mucho que se esforzara no traía pan a casa o por una madre depresiva sin parar de tomar medicamentos, por todos ellos Miguel nunca llegará a viejo; nunca llegará porque siempre lo ha sido.

Desde bien pequeño robaba lo que podía para comer, no le conseguían pillar debido a su baja estatura y las jugadas que aprendió antes qué a tocar un balón, como meterse entre piernas y entre mogollón de gente. Gracias a todo eso, su padre podía sobrevivir a una resaca más y su madre podía llenarse el estómago con algo que no tuviera ingredientes químicos. A pesar de ser un ladronzuelo, siempre tuvo principios. Nunca robaba en tiendas de barrio, siempre se iba a por la gente a la que le sobraba.

Creció en estatura y ya no podía hacer sus filigranas para alimentar a su familia. Trabajó en negro con poquísima edad en su haber. En su primer trabajo, tras un mes cosiendo balones, con los que jugarían otros niños, en una tienda ilegal, le echaron a la calle con las manos llenas de heridas y cicatrices por agujas afiladas y oxidadas y sin una sola moneda de sueldo, pues no era más que un niño al que estafaron. Tras eso Miguel entendió todo a su corta edad: La vida está llena de tiburones y lo único que él podía hacer era convertirse en uno en su pequeña pecera. No pensaba pedir ayuda a nadie, lo haría todo el solo.

Aceptó otro trabajo parecido, para una obra ilegal en una casa okupa. Al tener los dedos pequeños y delgados era ideal para meter la mano en lugares estrechos y peligrosos. A final de mes, antes de que alguno de sus jefes se atreviera siquiera a hacer lo mismo que en el otro trabajo, amenazó con llamar a la policía para denunciar todo eso. Le pagaron más de lo que acordaron en un primer momento. Era todo para lograr el dinero obviamente, Miguel ni siquiera sabía cómo se hacían esas cosas, y sus padres parecían poco dispuestos a ayudar.

De esta manera fue encadenando distintos trabajos en los que él no era más que un esclavo. Esclavo del sistema miserable en que vivía y el que le obligaba a sacar adelante a dos enfermos siendo tan pequeño.

Miguel dejó la escuela. Camino siempre hacia delante, sin mirar nunca para atrás, olvidando lo ocurrido, sabiendo que cada día podía ser el último y convenciéndose de que tuviera lo que tuviera debía ser feliz, siendo duro de cabeza y de corazón.

Nunca se hizo mayor porque nunca fue un niño. No pudo bajar con una pelota deshilachada a la calle, él lo que hacía era coserlos. No bajaba la basura en su casa, si no fuera por él ni siquiera hubiera habido nada con que llenar las bolsas. Nunca ha tenido la mente limpia para disfrutar de un partido entre amigos y sufrir presión en un partido con el equipo de su barrio. Simplemente porque su presión era mucho más grande que la de ningún otro crío 365 días al año.

Miguel sabe lo que es la vida. Lo que es sufrir, llorar, sacar adelante las cosas cuando nadie daría un duro por ti. Es un experto en miles de asuntos, es un niño de la calle, tiene miles de historias de superación e incluso de amor con otra gente cómo él, una vez fue cumpliendo los años.

Nunca salió de la pobreza. Cuando empezó a peinar canas y a quitarse pelos de la nariz seguía dando tumbos por trabajos inestables, aunque ya legales. Cuando se le cayó el pelo dijo basta. Se dio cuenta de muchas cosas, pero lo que tuvo claro desde entonces era que no pensaba seguir siendo una pieza más de ese juego llamado sociedad.

Nunca fue un niño. Siempre con preocupaciones, con cómo llegar a fin de mes… Tuvo responsabilidades desde siempre y nunca supo que se sentía al meter un gol a tu mejor amigo en la portería contraria. Nunca supo que era llenarse de arriba abajo de barro y llegar a casa para recibir un zapatillazo de su madre sin haber consumido estupefacientes. Aprendió a ahogar penas en el alcohol antes que a recibir alegrías por la llegada de la navidad y los regalos.

Por todo ello, un día decidió dejarlo todo: No acudió a su trabajo en la obra y se acercó al barrio donde creció y sobrevivió más que vivió. Paseó por sus calles estrechas y llenas de pandilleros. Ni esa época de odiar a todo el mundo porque sí pudo él tenerla; solamente tuvo desesperanza y hastío, trabajo y sudor, dolor sin medicamento posible.

Niños corrían bajo el abrasador sol de verano con pantalones vaqueros cortos, limpios por poco tiempo. Corrían para que no les quitarán el campo, para empezar a jugar cuanto antes o para calentar. O quizá simplemente corrían porque eran niños. Un impulso un tanto extraño hizo que Miguel les siguiera en su carrera. Ningún niño se preocupó lo más mínimo. Pronto llegaron al campito de hierba artificial. Unos diez niños se habían reunido en el mismo lugar al que iban los niños de la edad de Miguel cuándo él era pequeño, niños sin miseria detrás.

Dubitativo, Miguel entró al campo, como un niño que es nuevo en la ciudad, algo vergonzoso. Con las manos detrás de la espalda les dijo a ver si podía jugar con ellos. Los niños no pusieron inconveniente, libres como estaban de prejuicios y de maldad más allá de quitarle la merienda a otro chico.

Miguel nunca había jugado a fútbol, no sabía ni hacer un pase. Viendo lo malo que era, los niños le pusieron de portero y no paraba ni una. Decidieron ponerle de delantero, dónde causaría menos estragos. Pronto el sudor empezó a hacer mella en los cansados ojos de un señor que desde siempre tuvo que aguantar polvo y demás desperdicios en sus globos oculares. Sudor de disfrute en los ojos era la primera vez que le pasaba.

Cayó la noche y el calor se hizo soportable. Los dos equipos decidieron que el equipo que metiera el siguiente gol ganaba, tras un partido de horas y horas y goles incontables. Un rechace le fue favorable a Miguel, que se quedó solo frente a la portería. Sacó fuerzas para llegar hasta el portero y le metió un gol por el palo menos protegido. Ese fue el primer gol de la vida de Miguel, el que decidía el partido más importante de la historia, o ese sentimiento tenían todos los que en él participaron. Nadie debería negarles ese derecho.

Todos se fueron a sus casas menos uno. Todos soñaron esa noche con llegar a grandes cosas en el deporte cuando fueran mayores. Ninguno lo logrará. Solo uno se queda toda la noche sin techo y sin dormir, no necesita sueños imposibles de niño feliz. Él sabe que la vida no pone a cada uno en su sitio. Su deseo de ser niño otra vez jamás se cumplirá. Los sueños se pierden en la noche, cuando les pones algo de luz de una lámpara maldita que te desvela de tu mundo perfecto para tener que afrontar la negra realidad de cada uno. Pero siempre se puede volver al lugar dónde se fue feliz, cuando apenas contabas los años con los dedos de las manos. En el caso de Miguel, jamás se le podría llamar regreso sino descubrimiento. Descubrimiento que se le negó en su momento por ser hijo de la miseria y un niño de la desesperanza.

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