La corona de cartón

La lluvia caía incesantemente sobre las cabezas de los viandantes que únicamente podían correr, pues ni los paraguas les servían debido al intenso viento. Antonio y María no eran una excepción y se taparon pobremente en algunos soportales que les servían como refugio en su camino. María estaba al borde de las lágrimas por la emoción de estar acercándose al lugar donde fue tan feliz años atrás.

-¿Te acuerdas, Antonio?- se entrecorta María-. Siempre caminábamos por aquí saludando a la gente y haciendo tiempo hasta la hora de entrada. Bebíamos de la copa de media discoteca. Nunca debimos dejar de venir.

-No nos dábamos cuenta de las cosas, María. Desde hace tiempo, lo tenemos claro otra vez. No debimos hacer caso a lo que dictaba la sociedad.

Las farolas alumbraban débilmente el camino a seguir, en línea recta, como si el destino tuviera miedo de que se perdieran si se les ponía un camino diferente. El repiqueteo de la lluvia contra las basuras y los bancos ensordecían a las dos únicas personas que transitaban esa oscura calle.  Esas mismas basuras, repletas de productos y objetos inservibles, dejaban un rastro de papeles y mal olor a su alrededor que hizo variar mínimamente su camino a estas dos personas.

-Ya llegamos Antonio. ¿No lo hueles?

Ese olor, tan característico, mezcla de alcohol, sudor, perfumes y desodorantes que envolvía el lugar al que iban. Antonio también lo había notado, y le transmitió tantas emociones pasadas que no pudo evitar llorar. Tantas aventuras y alegrías pasadas que sabía que jamás volverían…

La discoteca se alzaba delante de ellos, pequeña pero acogedora. Por fuera, al menos, no tenía cambios aparentes. No había nadie haciendo cola, algo lógico teniendo en cuenta la meteorología. Se acercaron a la puerta y pagaron la entrada, ante la escasa atención de los encargados de la seguridad del recinto que, debajo de una carpa expresamente puesta contra la lluvia, hablaban sobre algún resultado deportivo.

Una vez dentro, ambos se detuvieron un instante a contemplar el sitio y a entrar en calor para empezar a secarse poco a poco. Por dentro también estaba prácticamente igual que cuando ellos frecuentaban esa sala de fiestas: las barras se encontraban en los mismos lugares que antaño y la terraza para salir a tomar el aire en las largas noches de agosto no había cambiado nada. La decoración estaba acorde a la temática de la noche y la música era completamente diferente a la que sonaba en su época, pero ellos apenas se fijaron en esos pequeños detalles sin importancia: habían vuelto a su hogar, poco importaba que no estuviera exactamente igual.

Se acercaron a la barra más cercana y pidieron una copa, ante la interrogativa y atenta mirada de un camarero de unos veintidós años. Antonio y María notaron esa mirada penetrante y que no se apartaba de ellos. En la nuca tenían mil ojos posados, tantos que parecía imposible que no les hicieran un agujero. A María le afectaba sobremanera, pues jamás había tenido una mala sensación entre esas cuatro paredes. Una vez con sus copas en la mano, la pareja inició el recorrido pertinente para salir a la terraza a beber tranquilamente. Fue mucho más difícil de lo que recordaban, nadie les cedió el paso y la gente empujaba y saltaba sin parar ni fijarse en lo que hacían o a donde iban a parar con sus bailes. A María casi le tiró la copa dos veces el mismo chaval excitado y colérico, como si estuviera fuera de su ser.

Finalmente, alcanzaron una terraza ocupada únicamente por un trabajador de seguridad en cada esquina. Hacía un frío que quitaba el calor que produce el alcohol y de vez en cuando una ráfaga de aire transportaba pequeñas gotitas al interior de la terraza cubierta. Quizá esas fueran las razones que los jóvenes tenían para no salir fuera. A Antonio y María ya les daba igual mojarse un poco más y se acercaron a la balaustrada que daba a un exterior gris y triste que contrastaba enormemente con la luz y la alegría que desprendía cada rostro en el interior de la discoteca. A pesar de estar en el lugar bueno, ni Antonio ni María se sentían cómodos. Era una sensación extraña, como la de sentirte nuevo en tu casa cuando han hecho una reforma mientras has estado fuera.

Antonio y el trabajador de seguridad más cercano se miraron durante un rato, como reconociéndose. Al final, Antonio dijo, dubitativo:

-¿Mario?

-¡Antonio!

Se abrazaron durante unos segundos y se pusieron al día. Mario, de joven, siempre fue un gran aficionado al deporte y especialmente a sacar la máxima musculatura posible. Eso le sirvió para ganar algún concurso de culturistas. Al pasar los años y al ver su forma física menguar un poco, decidió empezar a trabajar de otras cosas. Finalmente había acabado trabajando en el local que frecuentaba de chaval.

-Ya os recuerdo a vosotros dos -comentó Mario-. Estaba claro que vosotros dos teníais química y que lo vuestro iba a durar. Menudas dos leyendas de este lugar. Os pasabais aquí todos los fines de semana. Recuerdo veros de vez en cuando andar los dos juntos por el medio de la fiesta como dos reyes que andan por sus tierras. ¿Qué ha sido de vosotros?

-Pues si quieres saberlo… Antes éramos como la mayoría de la gente. Cuando dejamos de venir por aquí, María y yo buscamos un trabajo cada uno. Gracias a eso llegábamos a fin de mes y podíamos vivir de la manera que todo el mundo vive. Pero ¿sabes qué? No éramos felices. Nosotros no estamos hechos para esa vida tradicional de trabajar todo el día por un sueldo que no disfrutamos porque no tenemos tiempo. No somos vagos, lo que pasa es que pensamos que nuestra breve estancia en la tierra no está para pasársela encerrados haciendo algo que no nos gusta. Piensa lo corta que es la vida, más aún que corta es la juventud. No creo que la vida se haya creado para pasarnos todo el rato estresados y trabajando sin disfrutar del efímero tiempo.

-Vaya…- respondió Mario-. Yo tengo un hijo y una mujer. La verdad es que he sido bastante tradicional en eso. ¿Cómo os ganáis la vida entonces si no trabajáis?

-Vamos día a día que es más emocionante. A veces robamos, a veces trabajamos en algo el tiempo justo como para sobrevivir. Queremos vivir de verdad.

-Joder, pero algún día querréis sentar la cabeza y descansar. Ya tenemos cuarenta años, no podréis seguir así mucho tiempo.

-Pero, ¿por qué? -intervino María-. ¿Quién lo dice? Yo quiero vivir así hasta que me muera, como si precisamente por llevar una vida así me muero antes. Prefiero poco tiempo bien usado.

-Yo lo que creo -dijo Antonio-, es que en el cambio de ser joven a ser adulto la gente pierde una gran parte de la esencia de la felicidad, sustituyéndola por agobios y trabajos innecesarios. Nosotros esa etapa nos la quitamos de encima. Sólo se vive una vez.

-¿Y qué hacéis aquí?

-Nos apetecía venir al lugar dónde fuimos más felices que nunca -explicó Antonio-. Pero ahora la gente nos mira raro por la edad. Este ya no es nuestro sitio. Éramos reyes de este lugar, pero nadie recuerda siquiera nuestro rostro. Nuestra corona no era de verdad, era de cartón.

-Este ya no es nuestro lugar -les dijo Mario-. Hay que dejar a otras generaciones que vivan todo lo que nosotros vivimos. No seáis infelices porque haya pasado vuestro tiempo, sed felices por haber logrado ser lo que fuisteis.

Tras esto, Antonio y María se marcharon pensativos. Antes de salir, echaron una vez la vista atrás. Estuvieron un rato mirando fijamente toda la estancia, queriendo retener todo lo que pudieran en su mente. Sabían que era la última vez que pisarían lo que para ellos fue el paraíso.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s