Invisibles y silenciadas

Mientras social y políticamente se invierte el tiempo en debates teóricos sobre la prostitución, las mujeres que la ejercen se encuentran desprotegidas legalmente

Llaman al timbre. Sara se pinta los labios, termina de preparar su bolso y sale al rellano. Con una sonrisa y un abrazo saluda a Irati, una joven que acaba de terminar la carrera de Educación Social y que acude puntual al piso para cerrarlo con llave. Sara es prostituta, nacida en Txurdinaga, y vive, junto con otras compañeras, en una casa de emergencia social para mujeres del entorno de la prostitución en el barrio de San Francisco, en Bilbao. Caminan juntas hacia el centro de acogida de Askabide, una asociación sin ánimo de lucro e independiente que trabaja por la normalización e integración social de estas mujeres en Euskadi, donde Sara ha decidido “devolver la ayuda” que le prestan participando, por primera vez, como colaboradora en el programa de alfabetización.

En el centro trabajan maximizando los recursos de los que disponen. Un aula polivalente con mesas juntadas para la clase, sillas plegables, una pizarra y tres voluntarias, entre ellas Sara e Irati. La tercera es Nekane, la maestra, una mujer que pasa los 50 años de edad y que hace de profesora de español ante un grupo variable de mujeres inmigrantes que quieren aprender el idioma del lugar donde actualmente viven. La realidad es que, casi la totalidad de las prostitutas en el País Vasco son mujeres de otros países. Brasil encabeza el listado, seguido por Colombia, Paraguay y República Dominicana. En total, las mujeres procedentes de Latinoamérica suponen un 77% de las personas que ejercen esta profesión en el País Vasco. Del resto, un 15% son de Europa, de las cuales la mitad son españolas, y las demás africanas o, puntualmente, de otros rincones del mundo. No obstante, no son datos institucionales ni concretos, son solo estimaciones de quienes, voluntariamente, creen necesario afrontar el tema, ya que las cifras oficiales en prostitución bailan.

La clase comienza a las 11.00, con quince alumnas completamente diferentes a las que Sara trata de ayudar como puede. En teoría no es muy complicado, pues la mayoría no saben ni una frase en castellano, por lo que con ser lingüísticamente nativa ya ofrece una gran ayuda. “La verdad es que con que sepan que tienen a alguien dispuesta a ayudarles, ya significa un montón para ellas”, aclara Irati. Hay mujeres de 20 años y otras de 50. También las hay con trenzas, pelo corto y peluca. Que hablan inglés, francés, urdú. Hay mujeres que no callan y ríen sin cesar, y otras más serias que solo hablan cuando les toca. No se puede establecer patrones ni generalizar. Al igual que tampoco puede hacerse en el mundo de la prostitución, ya que “es una realidad muy heterogénea”, explica Diego Lodeiro, el educador social del centro. “Hay quienes tienen un estado socio-económico bueno y deciden dedicarse a esto. No todas las prostitutas viven unas circunstancias dramáticas. Aunque es cierto que en Askabide tenemos un sesgo, la gente que llega aquí está en una situación de exclusión muy alta”, puntualiza. No obstante, en el aula, la profesora trata a todas las asistentes por igual y de la forma que cree que debe tratarse a cualquier persona, “no debemos pensar en ellas con una visión paternalista, considerándolas unas pobres desgraciadas. Son mujeres muy fuertes, unas supervivientes tremendas”.

“Es perverso que algo que socialmente demandamos, socialmente también lo estigmaticemos, criminalicemos y lo consideremos como lo más bajo”

La lección del día anterior fue aprender las frutas y verduras. Cada alumna tenía una ficha con el nombre y la fotografía de algunas piezas para poder acudir a un comercio y saber qué querían pedir. Alika, una de las asistentes, le cuenta a Sara que lo había puesto en práctica y estaba muy contenta por eso. La joven de Txurdinaga, un poco perdida en su primer día como ayudante, le contesta que está muy bien y que siga utilizándolo. Las voluntarias intentan enseñarles el idioma y hábitos básicos con la intención de que “puedan salir de la marginación en la que viven”, explica la profesora. Esas mujeres fuertes de las que hablaba, que acuden a clase de martes a jueves, se ayudan a resolver los ejercicios que les mandan e intentan aprender cómo desenvolverse en situaciones reales de una sociedad nueva para ellas, son quienes, al mismo tiempo, son continuamente juzgadas, estereotipadas y, en muchos casos, menospreciadas por la misma sociedad en la que tratan de encajar. “En prostitución hay continuamente una doble moral e hipocresía”, manifiesta Diego Lodeiro, “esta existe porque hay una demanda en la comunidad. Nadie monta una panadería si no se consume pan. Es perverso que algo que socialmente demandamos, socialmente también lo estigmaticemos, criminalicemos y lo consideremos como lo más bajo. Es pura hipocresía”.

Después de corregir la tarea, Nekane propone simular una situación real: “Estamos en una tienda y yo soy la vendedora, así que tenéis que entrar a pedirme algo”. Una de las mujeres se levanta, da los buenos días y le pide por favor que quiere unos zapatos. La falsa comerciante le pregunta que cuánto se quiere gastar en ellos. “80 euros”, responde. Y todas se echan a reír, al igual que de otra que solicita un bolso y unos zapatos de charol. “¡Qué lujos!”, comenta una de las alumnas con más nivel. Es un escenario ficticio, pueden imaginar pedir lo que deseen y disponer del presupuesto que necesiten, a pesar de que la realidad diste de lo improvisado. Según el educador social de Askabide, en la mayor parte de los casos con los que trabajan “es un motivo económico el que hace que empiecen en la prostitución. Suelen pensar, ‘gano el dinero que necesito y me salgo’. Pero, ¿cuál es la realidad con la que muchas se encuentran? Que el tiempo pasa, no lo dejan, cada vez son más mayores, con menos alternativas reales de dedicarse a otra cosa y cada vez están más jodidas, porque la prostitución pasa factura”.

Pero la factura se le pasa a ellas, a las prostitutas, quienes no aparecen en estadísticas ni son tomadas en cuenta en muchos aspectos. “Es un mundo completamente invisibilizado”, afirma Diego Lodeiro, “y, al serlo, muchas veces las mujeres viven situaciones de peligro y de violencia como algo que ya está implícito en el ejercicio de la profesión”. La realidad es que, hoy por hoy, las agresiones en prostitución no son consideradas violencia de género, lo que impide que, quienes la sufren, no puedan acceder a la protección de este tipo de víctimas, ni utilizar los recursos que el Estado pone a su disposición o que las penas de los agresores se vean agravadas. El educador social del centro cree que hay que hacer algo al respecto: “¿Que no la quieres llamar violencia de género? Llámala violencia machista. ¿Que tampoco te convence? Llámala violencia en la prostitución. Llámala como quieras, pero llámala porque, si no, quienes la sufren seguirán viviendo indefensas ante cantidad de situaciones de violencia y de peligro que se les presentan”.

“No abordar seriamente el tema de la prostitución hace que se convierta en un cajón de sastre donde se dan todo tipo de situaciones, como la explotación o abusos, que nunca salen a la luz”

Aun así, la vida avanza, al igual que la clase de alfabetización. Sara se va haciendo a la metodología, quitando la timidez con la que entró en el aula. De vez en cuando mira cómplice a Irati, quien se ha convertido en mucho más que la trabajadora social que le acompaña cada día a casa. Ella no ha sufrido la situación de estar en otro país con un idioma y cultura desconocidos, pero ha pasado por otras circunstancias que le han llevado a decidir prestar su ayuda a otras mujeres en esta clase. “Ahora vamos a aprender a conjugar el verbo estar”, interviene la profesora, “repetid conmigo: yo estoy en clase de español”. Y todas las mujeres la imitan en voz alta. “Yo estoy feliz”, continúa Nekane. “¿Quién de aquí está feliz?”, las apela, y Juliana, una joven algo vergonzosa se levanta y contesta: “Yo. Yo hoy estoy muy feliz. Estoy feliz por estar aquí con todas vosotras”. Se siente libre en el centro de acogida, es de los pocos lugares donde no tiene que ocultar quién es ni a qué se dedica, nadie la juzga ni la mira con superioridad. Diego Lodeiro entiende que es debido a que “la prostitución incomoda”. Según explica, “este mundo incomoda políticamente y socialmente. Incomodan las conversaciones sobre el tema. Les incomoda incluso a las mujeres que se dedican a ello. Y esto provoca que no se aborde a ningún nivel”.

Y lo cierto es que, en España, la prostitución está en una situación de alegalidad. Ejercerla por voluntad propia no es ilegal pero los municipios tienen la posibilidad de regularla en sus calles con ordenanzas cívicas, como es el caso de Bilbao, donde la prostitución callejera está penada con multas de entre 750 y 3.000 euros para clientes y prostitutas. El educador social del centro considera que se prohíbe solamente lo que “molesta visualmente”. “Los servicios de calle suponen aproximadamente un 5% del total. Prohibirlos supone invisibilizar más aún ciertas situaciones porque lejos de desaparecer o disminuir, la prostitución se adapta a los cambios que la sociedad genera. Que no sea tan visible no significa que no forme parte de la sociedad”, explica Lodeiro, quien también argumenta que “el no abordarlo seriamente y en su conjunto, hace que se convierta en un cajón de sastre donde se dan todo tipo de situaciones (explotación, abusos…) que no salen a la luz. Lo que pasa en prostitución se queda en prostitución”.

Pero, ¿qué significa abordarlo seriamente? Desde hace años, el debate en torno a la prostitución se ha basado en dos visiones opuestas: la abolicionista y la partidaria de legalizarla. A rasgos generales, los que defienden acabar con este sector argumentan que poner a disposición de los hombres el cuerpo de las mujeres a cambio de dinero es un ejemplo más de machismo y que las prostitutas, al fin y al cabo, son víctimas del patriarcado y de la educación social que han recibido. Los que optan por legalizarla, por su parte, consideran que limitar lo que cada mujer haga o quiera hacer con su cuerpo supone anularlas como personas con raciocinio. Para Diego Lodeiro, “en temas de prostitución lo único en lo que está de acuerdo todo el mundo es en que la trata y el ejercicio de menores son dos delitos que hay que perseguirlos”. No obstante, considera que “hay una necesidad urgente de llegar a acuerdos para asegurar las condiciones de toda la prostitución que se escapa de estos dos tipos. Tenemos que darnos cuenta que es una realidad que existe y alejarnos de tanto debate teórico”. De tal forma que, abordarlo suponga “tomar medidas para que, por ejemplo, se puedan beneficiar si sufren una situación de violencia”.

Mientras tanto, y en medio de la discusión de qué hacer o qué no hacer con este sector, están ellas, las prostitutas con las que trabaja la asociación, “ajenas a toda esta historia”, opina el educador social. Son las 12.30 y termina la clase de alfabetización, donde están realmente, aprendiendo a comprar en las tiendas, a pedir cita en el médico  y a expresar lo que piensan. Están en un lugar que las escucha, no les da la espalda ni se tapa los ojos para no verlas. Están con Irati y Nekane, y ahora también con Sara. Están intentado buscarse la vida en un lugar, normalmente, muy lejano a su hogar. Pero los debates teóricos les pillan más lejos aún, “lo que viven de primera mano es lo que realmente las afecta: la estigmatización, la criminalización, la invisibilización… Al final terminan llevando una losa enorme encima de ellas”, sentencia Lodeiro.

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