Ya no viven de cine

“Si esto sigue abierto es por la gente que viene aquí. Hay gente que valora la cultura y otras cosas, que prefieren venir aquí aunque tengan la opción de descargarlo por Internet. Yo siempre digo que es como si en un supermercado tienes la opción de robar y sabes que no te van a coger… Llega un momento en el que lo vemos como algo normalizado, pero robar no deja de ser un delito”. Iñigo Líbano, dueño del videoclub Lumiére & Lumiére, no se muerde la lengua al hablar sobre la piratería, uno de los principales factores que han provocado que su sector esté de capa caída actualmente.

Posiblemente, los nacidos en la década de los 90 han sido la última generación en acudir frecuentemente al videoclub en busca de películas. En los últimos años, la feroz competencia de la piratería, la filosofía del “todo gratis” y las plataformas de contenido bajo-demanda como Netflix –que casualmente empezó como un videoclub on-line– han provocado que se les considere ya como algo nostálgico, del pasado. No es de extrañar por tanto, que mucha gente pregunte: “¿Pero todavía queda alguno?”

“A la gente le gusta más lo gratis e Internet, y las descargas ilegales han tirado los videoclubs. Actualmente creo que quedamos un diez por ciento de los que había hace diez años”, afirma Iñigo. Los datos que se manejan actualmente son bastante más pesimistas que los que señala Iñigo. A día de hoy, en la provincia de Bizkaia no se llega a la veintena de videoclubs. Hace quince años, la cifra se aproximaba a 350. Gran parte de esa veintena de establecimientos han tenido que ampliar su negocio y convertirse en tiendas de chucherías, aunque aún quedan algunos románticos.

En el año 2000, cuando el negocio gozaba de plena salud, Iñigo abrió Lumiere & Lumiere en Belostikale, en pleno Casco Viejo de Bilbao. Actualmente, son los vecinos de la zona los que le permiten “malvivir, que no sobrevivir. Yo estoy aquí por amor al arte más que por amor a otras cosas”. De hecho, aún se permite el lujo de que los sábados a la tarde tenga la suficiente clientela como para estar atareado. Muchos de sus clientes buscan llevarse alguno de los últimos lanzamientos cinematográficos. La demanda de estos productos es lo suficientemente elevada como para que exija a sus clientes que las devuelvan dos días después de alquilarlas, cuando con el resto de películas es bastante más laxo “porque la demanda es bastante inferior”.

Lumiere & Lumiere es todo un templo al cine. Al abrir las negras puertas del local, la luz tenue, casi oscura, contrasta con el colorido de las diferentes carátulas que reposan en las estanterías, también negras. Al caminar hacia la caja –negra, como no podría ser de otra manera-, donde hay una pila de DVD’s que dificultan que se le pueda ver la cara, se puede observar que hay unos sofás y butacas –cuyo color es sencillo de adivinar- y una pantalla de televisión que utilizan para sus proyecciones, los sábados por la noche, y en el que ese preciso instante se estaba reproduciendo “Tú, yo, y ahora… Dupree”. Porque él considera a su negocio más filmoteca que videoclub. La cantidad de películas que tienen así lo avala: “Más de 10.000 y de todo tipo” –señala- “algunas que no están ni en Internet. Y es lo que nos hace seguir con vida”.

En las paredes rojas, donde cuelgan diferentes carteles enmarcados de películas como Kill-Bill, de Quentin Tarantino –quien considera que aprendió más trabajando en un videoclub que en la escuela de cine- y que están en venta, a un precio cercano a los 50 euros.

Carlos Grande, gerente de la Asociación Nacional de Mayoristas del Sector Videográfico (ANEMSEVI), asegura que “los videoclubs que quedan en España son muy especializados, con una oferta de títulos muy grande y diversa, y con una gran profesionalidad, porque dan un servicio muy importante a gente que le gusta el cine. Son centros de cinéfilos donde comparten una afición, interaccionan sobre qué películas son mejores y peores, comparten impresiones, se aconsejan mutuamente…”. Al oír sus palabras, es inevitable no recordarse de Lumiere & Lumiere.

A las seis de la tarde, un hombre de mediana edad deambula por los pasillos buscando alguna película para alquilar. Su hijo, de unos cinco años, se queda observando las pocas chucherías que tienen en la nevera. “Vendemos algo de comida también, pero los ingresos provienen principalmente de alquilar películas”, explica Iñigo. Se decide por una película, “Vivir de noche”, de Ben Affleck y se dirige a la caja. Saca la cartera con intención de pagar, pero gira su cuello y coge otra carátula.

– Esta de Breaking Bad… ¿Es la del tío ese que tiene cáncer y fabrica droga o algo así?

– Sí, es una serie muy buena. Seguro que te gusta.

– Es que me la han recomendado. ¿Cómo se alquilan las series?

– Por capítulos. Mira, te voy a dar estos tres DVD’s, que vienen los cinco o seis primeros.

– Esta noche veré alguno, a ver si me engancho.

– Seguro que sí, ya verás.

El cliente guarda la cartera y le dice a Iñigo que le descuente el importe de lo alquilado de su abono de socio, señal inequívoca de que suele acudir bastante. Se despide, coge de la mano a su hijo, abre la puerta, la sujeta con la espalda mientras abre el paraguas –con una mano- y se dirige a su casa, situada a pocos metros de las negras puertas de Lumiére & Lumiére.

El concepto que Iñigo tiene a la hora de dirigir su negocio se asemeja bastante al de Jack Black en la película “Rebobine por favor”. Una persona de sonrisa amable y paciencia infinita, con los conocimientos necesarios de cine como para poder aconsejar a aquellas personas que entran al local con ganas de ver una película, pero sin saber ni importarle cuál. A menudo le dan algunas directrices y él –o su base de datos- les da una serie de títulos en los que escoger.

El videoclub Iris de Barakaldo sería la antítesis perfecta de Lumiére & Lumiére. Haciendo una metáfora cinéfila, Lumiére & Lumiére sería como Batman –oscuro y lúgubre- e Iris sería el Joker: colorido y luminoso. La tienda, está dividida en dos mitades: la izquierda está repleta de golosinas de todo tipo mientras que a la derecha, hay una gran cantidad de DVD’s de blockbusters y películas infantiles –no hay resquicio alguno de cine independiente- además de algún videojuego que ya podría considerarse retro. En su exterior, la pantalla del servicio expendedor 24 horas está absolutamente desgastada, posiblemente por la incidencia directa de los rayos de sol, y las ranuras donde se introducía el dinero y la tarjeta están cubiertas por una ligera capa de óxido.

Aunque esta manera de dividir el local sea completamente fortuita, una de sus dueñas, que no ha querido revelar su nombre, confiesa que los ingresos del local son “más o menos repartidos. 50 por ciento gominolas y 50 por ciento películas, aunque en invierno alquilamos más películas que en verano”.

Joseba, encargado del videoclub Joker insiste en esta idea: “El negocio ha cambiado. Antes las gominolas eran el complemento del vídeo y ahora el vídeo es el complemento de las gominolas. Por mucho que digan, Internet se ha cargado esto. La calidad de un Blu-Ray o un Blu-Ray 4K no te la da un servicio de streaming, por mucho que ellos digan. Pero es lo que hay y no se puede hacer nada”.

Su local a simple vista no parece un videoclub, por mucho que lo diga el cartel que hay encima de la puerta. En el escaparate hay figuras de acción y juguetes y nada más poner un pie en el establecimiento te encuentras con cajas de patatas y una nevera con bebidas. Al fondo, mal iluminado, ya se perciben las carátulas de las películas. Al salir de allí, hay un grupo banco dónde suelen sentarse chavales de unos catorce años, ataviados con gorras más grandes que su cabeza y con un altavoz luminoso donde no deja de sonar música trap. Por asuntos de edad, seguro que no han vivido el momento donde los videoclubs estaban en una situación boyante. De hecho, tampoco sería descabellado decir que nunca han pisado un videoclub ni habrán alquilado una película.

Como decía Joseba, la situación ha cambiado. Una de las dueñas de Iris insiste en que los ingresos que reciben “son los justitos para poder salir adelante” y que “si perdiésemos dinero, tanto mi hermana como yo cerraríamos el local… Pero es que hablas con el de la carnicería o el de la frutería y también están mal, esta crisis que estamos sufriendo nos está haciendo mucho daño, y si a eso le sumas las descargas, que también nos hacen bastante pupa, pues ya ni te cuento”.

Su tono de voz es muy seco, cortante. Las respuestas a muchas de las preguntas son cortas, como queriendo despachar rápido la entrevista. Parece molestarle que alguien quiera conocer su situación y da la sensación de que no quiere dar más datos de los necesarios, mide sus palabras hasta reducirlas a la mínima potencia.

Al salir del local me encuentro con Urtzi Goikoetxea, un amigo muy cinéfilo que vive cerca de Iris y le comento que he ido a hacerles una entrevista y que me ha sorprendido que una de las dueñas haya sido tan arisca. Su respuesta, me reconforta ligeramente y hace que no me sienta mal pensando que haya ido a molestarla:

“Mi hermano y yo solíamos ir mucho por allí, pero hace unos años dijimos que no volveríamos nunca más. Las encargadas eran bastante bordes y más de una vez nos ponían malas caras. Normal que ya no vaya gente por allí… Ahora las películas las vemos por Netflix o nos las bajamos por el Torrent”.

El pensamiento de Urtzi y de su hermano se hace extensible a gran parte de los consumidores potenciales del cine. En mayo de 2017, la Comisión Nacional de Mercados y Competencia (CNMC) estima que un doce por ciento de los hogares con acceso a Internet utilizan diversos servicios de contenido bajo demanda, como Yomvi o Netflix, cuyos usuarios la compañía estima que se encuentran en torno a los 500.000.

Carlos Grande considera que el auge de estos servicios bajo-demanda “incide de manera directa en los videoclubs porque puedes verlo desde casa, pagando con un par de clics, sin tener que bajar a la calle… La parte buena es que ha habido una serie de cambio de hábitos que también influye, porque la gente prefiere consumir cine desde casa, pero de manera diferente”. Aunque advierte: “Todo pasa por controlar la piratería, porque estos formatos también se van a ver resentidos. Si Netflix invierte una cantidad de dinero determinada en España cada año, y todo el mundo ve Narcos gratis, por ejemplo… Pues Netflix no va a conseguir monetizar esa popularidad e igual deja de producir ese contenido. Ese es el verdadero problema”.

Carlos hacía referencia a la piratería, algo que tanto él como el resto de los entrevistados consideran el principal causante de la situación en la que ahora están los videoclubs. El Observatorio de la Piratería y Hábitos de Consumo de Contenidos Digitales reveló en una encuesta publicada a principios de año que en 2016, un 32 por ciento de los usuarios de Internet en España descargaron películas ilegalmente. En total, se bajaron unas 789 millones de películas con un valor en el mercado estimado en 6.935 millones de euros.

“Ante la piratería, los sucesivos gobiernos no han sabido, podido o querido hacer nada” -afirma Carlos Grande.- “Hace diez años, Carmen Calvo como ministra de Cultura convocó un plan antipiratería interministerial formado por diez ministerios. Diez años después, la situación es más o menos similar, porque el que quiere acceder a cine de forma gratuita, lo puede hacer de la misma manera y nadie ha hecho nada”, concluye.

“Si nadie pagara por ver cine, evidentemente no se haría. Tienen que dar las gracias por que se sigan haciendo películas a los pocos que van al cine o que siguen alquilando”, afirma Iñigo, revisando la situación de la industria cinematográfica. En términos similares se manifiesta Carlos, que afirma que “si la gente no consume cine, la rueda va a dejar de girar: las productoras de cine español ya no van a hacer más. Esto, a la larga puede derivar en que se deje de hacer cine en este país”, afirma Carlos categóricamente.

La situación de los cines es algo más esperanzadora. Según datos de comScore, las salas de cine españolas han recibido a más de 100 millones de espectadores, habiendo recaudado 601,7 millones de euros, unos datos algo más positivos que los de 2015, pero que no sirven para revertir la dura situación que están viviendo muchos cines.

En Bizkaia quedan a día de hoy veintinueve cines, según datos recogidos por la AIMC, aunque en un estudio publicado por Zineuskadi en 2015 se desveló que desde el inicio de la crisis de la industria audiovisual apenas se habían cerrado salas en el País Vasco. Aunque a nivel estatal la situación es bastante diferente, puesto que aproximadamente un millar de cines han tenido que cerrar sus puertas en los últimos años.

Pero Iñigo comenta una especie de contrarrevolución que se está viviendo en esta industria y que puede acabar suponiendo su salvación: “Lo curioso es que aquí hay una sala que emite películas de cine clásico, una de John Houston de los años 50 por ejemplo, y que siempre se llena… Al final ese público va a dejar de tener la opción de ir a un videoclub y de ver películas a mucha calidad. Porque Internet, un DVD o un Blu-ray no tienen la misma calidad que una sala de cine”. Paradójicamente, el futuro de la industria del cine puede estar en echar la vista al pasado.

La industria de la música, bastante castigada por la piratería, parece haber resurgido gracias a un producto como el vinilo, algo que también se asocia más al pasado que al presente. ¿Podrían los videoclubs resurgir dentro de unos años?

Carlos Grande es optimista y cree que “el número de videoclubs que haya será estable si hay cierto control de la piratería. No dudo que permanecerán, como han permanecido varias ofertas culturales. No como una oferta global, pero sí para una oferta de nicho: para aquellos que les guste pagar por el cine para verlo desde casa, el tacto del cine”. E incluso se atreve a dar números: “en torno a un seis por ciento de la población, según estima el Ministerio de Cultura”.

Como es de imaginar, el futuro de los videoclubs para él pasa por controlar la piratería, y lo explica con una metáfora: “Dicen que no se pueden poner puertas al campo, pero yo voy al campo y veo puertas: las vallas. Se pueden abrir y cerrar, incluso se pueden saltar… ¡Pero hay vallas!”.

En cambio, los dueños de los locales entrevistados no ven un futuro muy halagüeño para su negocio. La dueña de Iris, de hecho, da la sensación de que no es optimista ni con su vida, pues asegura que “no sé ni dónde estaré mañana, porque igual me atropella un coche y me muero… ¡Cómo voy a saber cómo estarán los videoclubs dentro de quince años!”. Iñigo, en cambio, asegura que cree que a largo plazo desaparecerán porque no va a haber muchas personas como él “que estén para ganar cuatro perras y poco más. Lo normal es que muchos bajen la persiana”.

Joseba en cambio, considera que ya no tienen mucho más que hacer, porque en España hay otro arraigo cultural “a la gente le da igual gastarse mil euros en una tele para ver un archivo de setecientos megas, que se ve como se ve, antes que verlo en condiciones. Es el tema de que lo quiero ya y lo tengo que tener ya, y que se creen que les sale gratis cuando no es cierto, porque estás pagando una conexión a Internet que mucha gente no pagaría, un ordenador que te ha costado un dinero que mucha gente no se gastaría…”.

Es curioso que tres negocios tan diferentes coincidan en señalar que hay pocas opciones de que su negocio vuelva a tomar vuelo. La encargada de Iris apunta que “ya no hay ninguna opción de hacer nada… Probamos a asociarnos algunos videoclubs y hacer algo, pero nadie nos hace caso. Se iba a aprobar una ley (ndr.: la ‘Ley Sinde’) para prohibir las descargas y no se aprobó… ¿Qué más podemos hacer ya?”

Iñigo parece responder a esa pregunta. “Poco podemos hacer ya. Si se cumpliese la legalidad, sí. Si se controlasen las descargas ilegales como se hace en algunos países, la gente tendría que gastarse el dinero y lo gastarían en el videoclub, como se hacía antes”, y apunta más alto en sus quejas: “Parece que a los políticos no les interesa que podamos vivir de esto”.

Joseba parece apropiarse de las palabras de sus colegas, ya que asegura que hace un tiempo “se hicieron manifestaciones, se protestó… y nadie hizo nada”. Para después asegurar que “el tema del pirateo se ha protegido más que en otros países porque políticamente no interesa”. Y nuevamente, vuelve a hacer referencia a la cultura asegurando que “en países como Japón la piratería está mal visto coger algo que no es tuyo. Aquí, está bien visto socialmente”.

Inexorablemente, los videoclubs, y con ellos una parte de aquellos que los disfrutaron, van a desaparecer, y personas como Joseba ya se están preparando para ello:

“Como ya no hay nada que hacer, nos tendremos que centrar en hacer otras cosas”.

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