Una persona más en esta vida

El montañero barakaldes Roberto Rodrigo es todo un ejemplo de superación. En 2011 sufrió un accidente en el Lhotse donde le amputaron 18 dedos. Muchos no creían que fuese a salir de aquello, pero a día de hoy, ha vuelto a realizar prácticamente todas las tareas cotidianas con normalidad.


“Dime con quién andas y te diré quién eres”, reza un antiguo refrán castellano. Por ello, la mejor manera de introducir a Roberto Rodrigo y a Isabel García es hablando con quienes mejor le conocen. Todo su entorno destaca el positivismo y las ganas de vivir que transmiten, reflejado por una sonrisa constante que les ha acompañado hasta en sus momentos más duros.

A Roberto e Isabel no les gusta que se les defina por su profesión –telefonista y maestra de Educación Primaria respectivamente- sino por su pasión: la montaña. Gracias a ella se conocieron hace dieciséis años y ha sido el elemento central de una relación que ha tenido su momento culmen al contraer matrimonio el pasado 3 de noviembre.

En esta entrevista, realizada dos días antes del enlace, se les veía nerviosos e ilusionados. “Es que el viernes nos casamos –“un mero trámite, ya llevamos dieciséis años juntos”, como dijeron poco después- y acto seguido viajamos a Nepal”, me señalan, dando a entender que, para ellos, la mejor manera de celebrar su enlace es coronando juntos la cima del Ama Dablam, en la cordillera del Himalaya.

Esta afición por la montaña les vino de manera completamente diferente: mientras que Roberto se considera montañero “de nacimiento” –su tío le introdujo a este mundo cuando subió con él al Serantes por primera vez cuando tenía cinco años-, mientras que Isabel comenzó a hacer varias rutas de montaña animada por varios amigos cuando tenía 20 años, aunque no se animó a probar la alta montaña hasta que conoció a Roberto.

Pregunta: ¿Cuándo te animaste a subir su primer ochomil?

Respuesta: Pues después de haber hecho en Sudamérica un par de montes de 6800 metros. En ese momento me di cuenta de que ya había hecho unas cuantas montañas altas y me vi con ganas de probar. Para mí la altura es como una droga: vas haciendo montañas cada vez más altas y dices “a ver que se siente, a ver si soy capaz”, así que en 2001 fui con unos amigos de la Margen Izquierda al Gasherbrum II, el K4  –ubicado entre Pakistán y China Occidental- y en diez años probé seis de los catorce ochomiles.

Recientemente apareció en los medios que muchos montañeros se quejaban porque la cima del Everest era prácticamente inaccesible por la cantidad de turistas que hay en la cumbre. Al preguntarle su opinión acerca de si la montaña más alta del mundo se había “humanizado”, Roberto no puede evitar esbozar una sonrisa burlona:

“El Everest siempre será un reto si se hace de la forma que se debería hacer. Si subes con oxígeno, sherpas y demás… Pues sí que se ha hecho mucho más fácil.”

Roberto e Isabel siempre han insistido en ascender las montañas de la forma más pura posible: sin sherpas ni bombonas de oxígeno, solo ellos y la montaña, porque lo consideran la manera más gratificante. Además, se financian los viajes de su bolsillo, gracias a sus ahorros y al dinero que obtienen con las distintas charlas que dan en colegios, clubs de montaña… La única ayuda que reciben es en forma de ropa y de calcetines, financiados por dos marcas bastante importantes en el mundo de alpinismo.

P: ¿Cómo os preparáis para hacer un ochomil?

R: Durante todo el año. Casi todos los fines de semana salimos a entrenar: vamos al monte, a escalar… o sino con los esquís, salimos a correr, en verano damos paseos por la playa… Básicamente con constancia.

“Pero no nos preparamos exclusivamente para hacer un ochomil. La mejor manera de prepararse para subir una montaña, es haciendo montaña”, añade a continuación Isabel.

Precisamente fue en un ochomil donde Roberto e Isabel vivieron el momento más duro de su vida. El 22 de mayo de 2011, Roberto perdió la visión tras hacer un gesto extraño con el cuello mientras descendían el Lhotse, la cuarta montaña más alta del mundo.

P: ¿Qué recuerdas del accidente?

Se hace un largo silencio. La sonrisa de Roberto se desvanece y sentencia con una frase tan corta como certera.

R: Recuerdo muchas cosas. Que fue muy duro y que si no hubiera estado mi compañera me hubiera muerto”.

A continuación, dirige la mirada a Isabel, su compañera, y concluye, en tono prácticamente de agradecimiento: “así de claro”.

“Pero tengo la suerte de que llevo seis años y medio viviendo y disfrutando de la vida” -añade después, con un tono mucho más vital que sus anteriores palabras- “y de aquí a una semana, con un poco de suerte, voy a poder estar en la base del Lhotse y volverlo a ver”.

No hay mejor manera de comenzar una nueva etapa de tu vida que rememorando algo que marcó una etapa anterior.

Isabel explica poco después la costumbre que tienen al descender la montaña que previamente han ascendido: “Nos gusta mirar para atrás y observarla durante un rato. Es nuestra manera de despedirnos de ella”. Este viaje le servirá a Roberto para “despedirse” definitivamente del Lhotse, porque “es la única montaña que he escalado y de la que me he ido sin mirar atrás y despedirme”, tal y como dijo él poco después.

Gracias a la ayuda de Isabel y de algunos compañeros de expedición, llegó al Campo IV a las 5 de la madrugada del 22 de mayo con la ya mencionada ceguera y graves congelaciones en pies y manos. Al día siguiente, y ayudado por un sherpa, consiguió llegar al Campo II sin muchos indicios de mejoría. La situación de Isabel, por el contrario, era algo más esperanzadora. Tenía leves congelaciones en tres dedos de las manos.

Inmediatamente fueron trasladados a Katmandú, la capital de Nepal, donde fueron atendidos por los doctores José Ramón Morandeira y María Antonia Nerín, muy respetados en el mundo de la montaña y que en ese momento se encontraban en el campo base del Everest –situado muy cerca del Lhotse- ayudando a todos aquellos los alpinistas y sherpas que lo necesitasen. Y de allí a Zaragoza, donde los citados doctores tomaron la decisión de amputarle a Roberto 18 dedos –solo se salvaron los pulgares de ambas manos- y a Isa las falanges de dos dedos de su mano izquierda.

P: ¿Qué fue lo más duro?

R: ¿Lo más duro? –sus ojos comienzan a humedecerse y solloza: “Los dos meses en la cama de un hospital en Zaragoza”.

Isabel le tranquiliza y relaja un poco el ambiente: “Estamos fenomenal eh, pero hay días que estás un poco más sensible y cuesta un poquito recordarlo”, y continúa: “Pasar de estar en un campo base en la montaña, al aire libre, a estar dos meses sin poder salir de la habitación de un hospital, tumbado en una cama… El primer día que volvimos a pisar la calle fue muy duro, habíamos olvidado lo que significaba ver a la gente pasar, oír ruidos… Aunque la gente se volcó con nosotros, ¡nunca nos faltó gente en la habitación, aún estando en Zaragoza!”.

Se tiende a pensar que la montaña es un deporte individual. Los medios de comunicación siempre suelen destacar el nombre de un montañero cuando hace cumbre, y se olvidan de que detrás de él ha habido un equipo de personas que le ha ayudado a conseguirlo. Es inevitable preguntarles sobre la importancia que tuvieron sus compañeros a la hora de ayudarles en aquellos momentos.

Isabel le agarra del brazo y le interrumpe: “A la montaña hay que ir con amigos. Yo no iría sola a la montaña para juntarme allí con alguien, porque para mí es más importante la compañía que la montaña que haga, así que no iría con un desconocido. Hay que estar muy seguro de con quién vas, a la hora de todo: de comunicarte, de pedir ayuda, de colaborar, de hablar con la otra persona… Si no vas con alguien que no sea tu amigo pueden pasar muchas cosas”.

El valor de la amistad es lo que intentan transmitir principalmente en las charlas que dan por algunos colegios y clubes de montaña de Bizkaia. “Si tienes un amigo, cuídalo” es la frase en la que suelen sustentar su discurso. Pero además, intentan transmitir otras ideas: que “en la vida no todo es fútbol”, que “a cada persona se le dan bien una serie de cosas” y principalmente, el “espíritu de superación: que si quieres, puedes”, en palabras de Isabel y Rodrigo.

P: El 21 de mayo de 2011 volvió a nacer.

R: Sí sí. Yo siempre lo he dicho: a mí me visitó el de la guadaña.

P: ¿Pensó alguna vez en tirar la toalla?

R: ¡No! ¡Nunca! Para nada. Desde el primer día dije que quería volver a la montaña, aunque fuese a otro nivel, al Serantes mismamente. Y desde el primer día que pude, empecé a andar en el hospital: primero di un pasito, luego dos… y hasta hoy.

P: Cuando estaban en el hospital había muchos que no daban un duro por ustedes…

“Decían que no daban un duro por nosotros en el sentido de volver a la montaña”, responde Isabel. “La cosa era cumplir pequeños retos. Yo tuve la suerte de que perdí menos dedos, porque los pies los tengo bien, pero claro, él estuvo a punto de quedarse ciego y en silla de ruedas. En el hospital nos mentalizamos de la situación en la que estábamos e hicimos una lista de las cosas que creíamos que no íbamos a hacer nunca más. A día de hoy está todo tachado: hemos sido capaces de hacerlo todo. No a un mismo nivel, pero casi”.

P: ¿Qué le diría ahora a aquellos que no apostaban por usted en aquel momento?

R: Yo en vez de acordarme de esa gente le doy las gracias a la gente que me operó y que me dejaron apto para esta nueva vida.

“Es normal que hubiese gente que no apostara por él, tal y como estaba… Cada vez que íbamos al ambulatorio a que le hicieran las curas era terrorífico: tenía todo en carne viva, aún no se le había cicatrizado”, señala Isabel, y posteriormente agrega: “Yo entendía que no podían hacer más y lo único que pude hacer es darles las gracias, porque los médicos y las enfermeras nos cuidaron con tanto mimo, tanta dedicación… Te das cuenta de la gente buena que hay en el mundo. Es una pasada”.

Isabel y Roberto en el Hospital de Katmandú (Fuente: isayrober.wordpress.com)

P: En aquel ambulatorio todavía recuerdan que tenían el valor de ir andando para que le hicieran las curas…

“Sí. Siempre. Nos dejaron una silla de ruedas y solo la utilizamos el primer día y porque le obligamos”, responde Isabel. “Teníamos que ir al ayuntamiento, que está muy lejos de nuestra casa, pero después dijo que no. Tenemos la suerte de vivir muy cerca del ambulatorio, entonces nuestra actividad diaria al final era esa: en vez de salir con cinco minutos de antelación, como hacíamos antes, pues salíamos media hora antes e íbamos y volvíamos poco a poco. Y si llovía… pues por los soportales. Así todos los días. Después, intentábamos llegar hasta casa de sus padres, que está algo más lejos. Pequeñitos retos. Eso sí. ¡Siempre con una sonrisa en la boca! Llegaba al ambulatorio y bromeaba con las enfermeras”. Y concluye: “siento verdadera admiración por él, en seis años no le he oído quejarse ni una sola vez, yo no sé ni cómo hubiera reaccionado…”

P: ¿Echa de menos algo de su antigua vida?

R: Sí, ¡los dedos! –se ríe- Para poder escalar como antes.

“Le gustaba mucho la escalada alpina, y en eso es lo que más dificultad tiene”, añade Isabel, “Si hay algo que veo que le da rabia es que le cueste hacer escalada de montaña. Pero no solo por los dedos, también por el equilibrio. Al final es todo mental”, concluye.

P: ¿Qué has aprendido a valorar desde aquello?

R: El presente. El vivir y disfrutar de lo que estás haciendo, y a valorar todo lo que tenemos en cada momento. También a no pensar en uno mismo: si un día te apetece quedar con un amigo, pues llamarle y decir: “vamos a disfrutar de tomar un café juntos” o “vamos a ir un día a dar un paseo por la playa”. Otros valores.

P: ¿Qué sintió la primera vez que volvió a pisar una montaña?

R: Mucha emoción. ¡Lágrimas y todo!

“Y eso que empezamos aquí, en el Serantes y en un plan muy tranquilo”, añade Isabel, “pero al año siguiente fuimos a Nueva Zelanda y volvimos a hacer alta montaña pisando nieve: usamos piolets, crampones…”

“Encima era una montaña sagrada para los maorís. Era muy especial. En aquel momento nos acordábamos sobre todo de la gente que nos ayudó”, añade.

P: ¿Y cómo le gustaría que le recordasen?

R: Con la sonrisa. Soy una persona más en esta vida, no sé…

Isabel le interrumpe, le mira y le dice: “Tú siempre dices que has estado haciendo montaña durante muchos años y casi no se ha hablado de ti, pero que todo el mundo te recuerda por haber tenido un accidente”.

Y posteriormente, añade: “A nosotros nos gustaría que nos recordasen por nuestra trayectoria: por lo que hemos subido, por todo lo que hemos viajado… Al final es un poco triste que después de toda una vida en la montaña los medios de comunicación te quieran hacer una entrevista porque te han cortado los dedos. A veces piensas: “¡Con todo lo que he hecho antes y nadie ha venido a decirme nada. Y de repente, pasa esto y todo el mundo se interesa por mí! Qué pena que no te recuerden por todo lo que has hecho durante la vida”.

P: ¿La tragedia vende?

R: Solo hay que ver las noticias, el noventa por ciento son tragedias.

“Al final, tú como periodista lo sabrás, las tragedias venden más que lo cotidiano. Y eso es lo que nos pasó a nosotros”, concluye Isabel.

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