“El talento es un diez por ciento, pero hace falta un 90 por ciento de trabajo muy duro”

Borja Ortiz de Gondra, bilbaíno pero en la diáspora entre Madrid y Nueva York. Este año ha publicado su última obra de teatro Los Gondra, con la que podemos asomarnos a sus propias historias familiares. Este último trabajo le ha recompensado con el Premio Molino de Viento Aiserrota, de su propio pueblo natal, por lo que posee un inmenso cariño por su carga personal. Aunque el Premio Nacional de Literatura Dramática se le ha resistido en dos ocasiones, con ‘Duda Razonable’ y ‘El Barbero de Picasso’ de Gondra espera con entusiasmo el momento en que lo consiga.

Fue en su adolescencia cuando descubrió que el teatro era a lo que quería dedicar su vida.  Por lo que una vez finalizados sus estudios -se graduó en derecho en Deusto- viajó en busca de sus objetivos hasta Francia, donde residió en París y trabajó como actor.

El escritor de Los Gondra explica que es muy difícil ganarse la vida exclusivamente con el teatro y que muchos de los dramaturgos que ha conocido se dedicaban profesionalmente a otra actividad.  Esto es debido a que falta constancia en el teatro como en todas las artes, y además, critica que los peores años de la crisis junto con la subida del IVA cultural no facilitaron que el teatro siguiera adelante. Fueron los propios profesionales quienes se ajustaron el cinturón para que a las salas continuara acudiendo público

Pregunta: Todo el mundo tiene aspiraciones. ¿Alguna en la obra Los Gondra?

Respuesta: Realmente es una obra que escribí para mí mismo así que diré que no. Llega un momento en la vida en el que entras en la madurez y te preguntas: “¿Como creador qué legado quiero dejar?” Los Gondra eran historias familiares que siempre habían estado ahí y pensé que eso era lo que quería contar a mis sobrinos. Pero el teatro da muchas sorpresas y de repente la obra se convirtió en una gran producción en el teatro Nacional, que ahora mismo es lo más grande que te puede pasar. Es decir, no hay un teatro más importante o más representativo, es el gran teatro nacional. Así que cuando me senté con el director, le dije: “Date cuenta de que la obra es muy complicada” y me dijo: “Bueno, si la hemos escogido haremos todo lo que tú pides”. Y ahí es cuando me puse muy ambicioso.

P: En el 2017 hemos visto, junto con Patria, que ha sido un año de hablar y de contar una realidad de la que hasta ahora no se atrevía a hablar: el terrorismo en el País Vasco. ¿Cree que ya era hora?

R: Para mí ha sido muy curioso que coincidieran Patria, el Comensal -una novela de Gabriela Ybarra- y los Gondra. Hasta ahora había documentales, reportajes e incluso artículos de periódico pero eso no va al fondo de la cuestión que es: cómo vamos a contarlo y qué hacemos con eso a día de hoy. Y me interesa mucho cual es la visión de la gente joven para los cuales todo eso es algo que no han vivido. Es algo importante que contemos los sentimientos que se vivieron a aquellos que no tengan esta experiencia.

 

“En la obra habla sobre un ‘hermano contra hermano’ en la guerra civil española, ¿ve alguna similitud con lo que está sucediendo en la actualidad en Cataluña?” le pregunto. Él resopla y ríe, y después de unos segundos dubitativo, habla sobre una anécdota que le ocurrió: “Sin entrar en el complicado debate político sobre Cataluña, para mí fue totalmente revelador cuando, después de una representación, se me acercó un diplomático español que había estado en la guerra de los Balcanes en los años 90 y dijo: “Lo que cuentas es totalmente lo que pasó en Yugoslavia.” Ahora la obra se publica en francés y el año que viene en una editorial inglesa y los traductores me dicen que es una historia universal. Por lo que sí, se pueden encontrar paralelismos”.

“Sin desvelar mucho de la obra, son realidad los hechos y son ficción los sentimientos”

P: Ha sido nominado al Premio Nacional de Literatura Dramática en dos ocasiones. ¿Aspira a conseguirlo algún día?

 R: ¡Pues espero que sí! Es muy frustrante que te digan que has quedado finalista pero no te ha tocado. Me encantaría y además lo digo sinceramente porque son 20.000€ de premio. El título es muy bonito, pero el dinero es mucho más bonito. Fuera bromas. Cuando empiezas en tu carrera, siempre piensas que los premios no valen para nada y que lo que tienes que hacer es trabajar. Si no hubiera tenido un premio, que fue muy importante cuando tenía 30 años, a lo mejor no estaría aquí. Hay mucha desesperación, hay muchos momentos de duda, hay muchos momentos en los que las personas no salen adelante, y tener un premio lo que hace es decirte “bueno, hay gente que confía en ti”. El Premio Nacional es como la consagración de toda una carrera, pero si te digo la verdad, cuando estás escribiendo frente a tu ordenador, peleándote con la escena que no sale, no piensas en ningún premio. Entonces, siempre digo mucho a mis alumnos: “Con premio o sin premio, yo me voy a tener que levantar todos los días y luchar con la página en blanco”.

 P: ¿Qué ha significado para usted que su propio pueblo natal le haya premiado con el Premio el Molino de Viento Aiserrota?

R: Para mi ese premio ha sido muy importante por su significado porque tengo una relación muy problemática con mis orígenes. Siempre pienso que estoy dentro y fuera, vivo fuera pero no paro de hablar de temas vascos. Tuve la sensación de que un círculo se cerraba ya que me tuve que ir, y tuve muchos conflictos sobre si volver. Entonces, he tenido la sensación de que me decían: “Eres uno de los nuestros”. Eso es muy importante, sentir que vivo fuera, que vivo en la diáspora pero soy aceptado ahora como no lo era entonces.

 

“¿Qué es ficción y qué es real de Los Gondra en la obra con respecto a su familia?” Sonríe y se toma unos segundos para pensar:Yo diría que, sin desvelar mucho de la obra, son realidad los hechos y son ficción los sentimientos.”

 

P: ¿Diría que sus largas temporadas en el extranjero han influido de alguna manera su forma de escribir?

R: Sí, he conseguido una visión muy pragmática de ponerme en el lugar del extranjero. Sin embargo cuando voy fuera siempre digo que no soy un exiliado, soy un emigrante de lujo. Siempre he ido a trabajar a países con permisos y los papeles en regla, hablando el idioma y teniendo trabajo, pero no dejas de ser un extranjero. Nunca por muy bien que hables el idioma vas a ser uno de ellos, eres uno de fuera. Entonces eso para mi escritura me ha dado una mirada que me parece muy importante que es la mirada del otro, mirar las cosas desde fuera. Me he sentido muy extranjero cuando he vuelto a Algorta por haber vivido mucho tiempo fuera y porque mi mirada se había educado en la mirada del extranjero. Y creo que es lo que me ha permitido hablar del lugar del que vengo con muchísimo cariño, muy cercano a ello pero al mismo tiempo con la distancia de mirarlo como si fuera un extranjero.

P: En esta obra, por primera vez, ha usado el euskera, ¿lo creyó necesario para representar a su familia vasca de las tres generaciones?

R: No es la primera vez, pero sí la primera vez que aparece mucho. Para mí era indispensable contar que es una lengua con la que mi familia ha vivido y que dependiendo de las generaciones la relación ha sido distinta. Tengo sobrinos que hablan las dos lenguas y mi tatarabuelo que se fue a Cuba, sin embargo, escribía cartas en euskera. Entonces, yo sabía que tenía que contar como la lengua había sido uno de los elementos que durante toda la historia se había utilizado de manera diferente. Y tenía que ser muy riguroso y muy fiel con ese uso. Entonces, trabajé con el filólogo Iñaki Maginde, que lo que hizo fue reproducir el euskera vizcaíno en Mungia. En la obra hay personajes de 1898, entonces, ¿qué euskera puede usar? Yo quería contar algo que para mí era importante, que era que nosotros convivimos continuamente con las dos lenguas. No digo que la convivencia siempre es fácil. Pero nuestra realidad es que no vives en una sola lengua, vives continuamente atravesado por las dos, y yo quería contar eso.

 

“Es decir, no solo quería representar la familia sino también la sociedad de las tres generaciones” aclaró. Afirma enérgicamente: Eso es y sobre todo también la diversidad. Era importante decir que la sociedad vasca a lo largo de los 100 años ha sido una sociedad muy diversa y con muchas posturas respecto a la lengua.”

 

P: Tuvo que estudiar artes dramáticas en Madrid, ¿cree que es un campo sin explotar en el País Vasco?

R: Precisamente hace dos años se creó la escuela oficial de artes escénicas en el País Vasco, que está en Bilbao y se llama Dantzerti. Yo me formé en una escuela muy pequeña que es la escuela de teatro de Getxo, pero me fui a París y después fui a Nueva York porque lo que yo estaba buscando no lo había. Es decir, no había estas posibilidades de desarrollo profesional y creo que un creador siempre tiene que ir allí donde le pida el cuerpo. Pero sí que siento que tengo que devolver algo al lugar del que vine. Entonces creo que esta iniciativa sirve para que la gente que empieza en las artes escénicas ahora encuentre lo que la gente de mi generación no encontraba y por eso se tenía que ir fuera.

 

“Entonces se fue, por el aspecto académico y también profesional” asiente enérgicamente mientras se incorpora en el asiento. “Sí, porque lo que yo quería hacer no podía hacerlo allí, no había más posibilidades de estudiar. Era una escuela privada muy pequeña, y también porque yo creo que, como creador, uno tiene que abrirse horizontes. Tiene que ir mucho más lejos que lo que te ofrece el lugar del que vienes. Yo era muy ambicioso, yo sabía que quería trabajar con los mejores directores en los mejores teatros y que eso no lo podía hacer en Bilbao.”

 

P: ¿Diría que es difícil vivir del teatro? ¿Ha pensado alguna vez en dedicarse a la docencia?

R: Vivir del teatro es siempre muy difícil porque como en todas las artes, el problema es que no hay continuidad. Enganchas una racha buena en la que ganas muchísimo dinero con épocas en las que no hay trabajo. Entonces, casi toda la gente que se dedica al teatro tiene otras actividades. Yo he hecho mucha pedagogía; pero nunca he querido entrar en las escuelas oficiales como profesor, que es una de las cosas que me han ofrecido muchas veces; trabajar en la escuela de teatro Resad, la escuela de arte dramático de Madrid. Yo creo que las enseñanzas artísticas son necesarias pero no creo mucho en la pedagogía como algo definido dentro de un plan de estudios académico. Creo mucho más que uno aprende con gente a la que admira.

 

“Por lo que en tu opinión, es mejor aprender día a día”. Sonríe. “Es muy polémico pero después de muchos años yo estoy muy convencido de eso. En cualquier faceta creativa el creador nace. O tú traes algo que viene contigo que es el talento o no hay manera de hacer nada contigo. El talento se tiene o no se tiene, pero eso es un diez por ciento, luego hace falta un 90 por ciento de trabajo muy duro para encontrar cómo tú puedes expresar eso que tú llevabas. Yo he aprendido mucho más trabajando al lado de directores de escena a los que llamé a la puerta y dije: ‘Te admiro mucho. ¿Puedo trabajar contigo?’ Algunos me dijeron que sí otros me dijeron que no.”

 

P: ¿Diría que no es una afición muy extendida entre los más jóvenes?

R: A mí me sorprende muchísimo la cantidad de jóvenes que vienen al teatro y, además, jóvenes que quieren hacer teatro. Yo cuando empecé siempre me decían que el teatro era un arte muerto. Han pasado 30 años y cada vez hay más gente en las clases que imparto que quieren hacer teatro; por lo menos en esta ciudad, en Madrid. Cuando voy a las salas alternativas en las que están haciendo un teatro pensado para gente de 25 años es increíble porque, continuamente ves que no hay entradas. Aquí en Bilbao he ido a Pabellón 6 y he visto la sala llena. ¿Qué pasa? Que el teatro siempre termina por encontrar su público. Nos equivocamos cuando tratamos de vender una obra a un público que no le corresponde. Entonces no creo que los jóvenes no tengan afición a la cultura, para nada. Creo que tienen afición a una determinada cultura.

P: ¿Qué futuro ve para el teatro?

R: Es un enfermo que tiene una salud de hierro, que desde los clásicos griegos del siglo V a.C. está en crisis, y siempre renace de las cenizas. Para mí ha sido muy sorprendente que en la época más dura de la crisis los teatros estuvieran llenos, y es un fenómeno universal. Es algo que no se puede repetir, que alguien de verdad este en frente de ti contándote una historia, tiene algo que fascina, fascinó siempre y seguirá fascinando. Si vas a ver a alguien que está haciendo algo en vivo tiene que ver también con el riesgo, con ese no saber que pasará porque ahí no hay trampa ni cartón. Las cosas están preparadas pero luego ocurren o no ocurren. En la Atenas de Pericles eran todos los días 10.000 personas en un teatro griego y ahora a lo mejor son 40 personas en una sala alternativa que además ni siquiera es frontal. ¿Pero que el teatro tiene mucho futuro reinventándose? Estoy seguro de que se reinventará para los nuevos públicos.

 

Golpe a la cultura

Borja Ortiz de Gondra criticó duramente la actitud del gobierno hacia la cultura por el aumento del IVA en 2012. “Me parece que es un grave problema no entender que la cultura primero da riqueza” explicó, aludiendo a que España es una gran potencia cultural que al mismo tiempo es de los países de la Unión Europea que menos destina a este sector. “No nos están ayudando a crear cultura y al mismo tiempo pretenden venderla” denunció el dramaturgo.

Explica que la piratería no ha hecho daño al teatro, sino el IVA, provocando que los propios profesionales tuvieran que empobrecer el teatro y no aumentar el precio de las entradas. De esta manera, el público no disminuyó en plena crisis. Además, aunque en el año 2017 se consiguió disminuir el IVA, De Gondra explicó que: “Cuando el gobierno nos anuncia como gran noticia que por fin rebaja el IVA cultural lo rebaja al 10%, lo que significa que lo sigue subiendo pero en vez de al 21% al 10%”.

El dramaturgo argumentó que la decisión de aumentar el IVA cultural se debió tanto al riesgo mínimo de una movilización ciudadana, como a una “idea de castigo”. “Los creadores lo que tenemos que hacer es hablar con una voz crítica” denunció De Gondra al tiempo que esgrimía los datos objetivos del año siguiente sobre la recaudación en cultura con la subida. Y es que, aunque se demostró al Gobierno que la recaudación había sido menor estos hicieron caso omiso. “Es una muestra del desprecio hacia la cultura que existe en este país” sentenció.

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