“Se llama cárcel, puedes decirlo: cárcel” Cristina Alonso González

Hay situaciones en la vida que nos cambian, que nos hacen reflexionar y que no son fáciles de contar. Más cuando se vulneran algunos derechos básicos de los ciudadanos. Es el caso de Cristina Alonso González, una estudiante de Diseño de Interiores de 22 años, residente en Santander.

Cristina fue a Oregón, Estados Unidos, del 5 al 7 de julio de Au Pair, a aprender inglés y tener una experiencia nueva, ya que nunca había salido de Europa. Pero nunca se llegó a imaginar lo que le iba a acontecer. Debido a un error administrativo con el visado, le detuvieron en el aeropuerto y le recluyeron en la Cárcel Norcor de EE.UU durante 48 horas.

 

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Esta es su historia:

Los problemas comenzaron nada más pasar la frontera de aduanas, donde te piden el pasaporte, justo antes de salir del aeropuerto. Allí te hacen preguntas. Yo llevaba una carta escrita por mi familia americana contando los motivos por los que iba (Au Pair). Me pidieron que les enseñara mi visado, yo llevaba el visado de turista ESTA.  Se lo enseñé y me metieron en una sala, me hicieron un montón de preguntas, me presionaron mucho. Estuve allí unas 5-6 horas. Contigua a mi sala estaba mi “madre” americana (Laurie) hablando con la policía. No me dejaron verla, me requisaron mi pasaporte, mi teléfono, mi bolso, mis maletas…

Tenía todo en regla. Lo que pasa es que yo saqué mi visado por Internet en la página web de la embajada americana, pero cuando me fui a sacar el pasaporte, le comenté a la funcionaria lo que iba a hacer allí. Ella me dijo muy segura que yo necesitaba el “ESTA” (Visado de Turista). Así que me fié de ella y no miré nada más. Además Lauri me dijo que necesitaba también ese visado, así que yo iba muy tranquila en ese sentido.

Entonces, cuando me retuvieron en la sala, me dijeron que no podía quedarme, que estaba ilegalmente y que tenía que volverme a España. En ese momento comencé a llorar como una magdalena, pensando qué hacía allí. No me dejaron hablar con mis padres… Me mintieron, porque ellos me dijeron que sí que podía hablar con ellos y con la madre americana, después de que se fuera toda la gente de la sala. Pero una vez que la sala se quedó vacía, me dijeron que no, que no podía hacerlo.

La policía me llevó a otra sala y me cacheó. En ese momento estaba con una traductora mexicana, solo en el momento del cacheo, después todo el rato hablando en inglés. Y como comprenderás después de llevar allí 5 horas, con el agobio que tenía y todo, y que yo el lenguaje jurídico no lo manejo, pues me era un poco difícil entender todo lo que me estaban diciendo. Además al cachearme, la policía me amenazó diciendo: “Cómo hagas algo indebido te voy  a traer aquí a todo el cuerpo policial”, y yo mientras tanto quieta, llorando y sin hacer nada.

Salgo de la sala donde me habían cacheado y me dice otra policía que me quieren llevar a una casa que está a hora y media de aquí, donde me voy a poder asear, dormir… La única condición que me pusieron fue que me tenían que esposar cuando me bajara del coche. Yo en ese momento accedí.  Porque si en ese momento hubiera dicho: “Ese trato no me interesa, me quiero quedar en el aeropuerto”, me habrían cogido de los pelos y llevado a rastras.

Llamé explicando que me estaba dando un ataque de ansiedad y lo único que me dieron fue agua y poder caminar por el pasillo entre las celdas. Aunque, yo me seguí sintiendo en la misma situación: encerrada.

De esa forma, intentaron engañarme para que yo estuviera tranquila. Me metieron en el coche, caí rendida, me desperté a la hora y me daba la sensación de que no íbamos  a una casa. Yo en ese momento me imaginé lo peor; “Esa gente me va a llevar a un descampado, me van a meter un tiro y se van a olvidar de mí”.  Al final, cuando veo que están siguiendo a un coche y veo algo allí a lo lejos pienso: “¿esto no será una cárcel?” Y efectivamente. Me bajé, me pusieron las esposas, me volvieron a cachear. Pero yo seguía nerviosa por no entender la situación. No me habían ofrecido ningún abogado y  todavía no había conseguido contactar con mis padres.

Entonces, me dieron el mono naranja, pero se confundieron porque ese color era para gente que ha cometido un delito y para la gente que está a manos de inmigración le corresponde el mono azul. Así que, me cambiaron el mono y me hicieron rellenar unos papeles en donde me preguntaban si tenía ganas de acabar con mi vida, si era homosexual, bisexual, transexual; preguntas fuera de tono. Sabía que tenía derecho a una llamada, me proporcionaron un teléfono, pero era un lío. Tenías que meter un pin, el +34, el teléfono y además entre medias decir: “Cristina Alonso”.  Con lo que, fui incapaz de llamar. Me dijeron que no me preocupara y que podría llamar después, cosa que no sucedió.

Todo como en Orange is the New Black

Pedí una celda para mi sola, porque yo no sabía con qué clase de gente me iban a meter. Me hicieron también las típicas fotos de perfil, frontal. Me cogieron las huellas y me llevaron a mi celda. Al llegar me empezó a entrar agobio pero me quedé dormida un rato debido a que llevaba casi 20 horas sin dormir. Me levanté con ataques de claustrofobia, de ansiedad: solo quería salir de allí. Me di cuenta de que en la propia celda disponíamos de un telefonillo. Llamé explicando que me estaba dando un ataque de ansiedad y lo único que me dieron fue agua y poder caminar por el pasillo entre las celdas. Aunque, yo me seguí sintiendo en la misma situación: encerrada.

Volví a mi celda a autoconvencerme para que no me diera otro ataque: “Cristina relaja, Cristina tranquila, respira…”. Mi celda era individual, pero me advirtieron de que después tendría que estar con mis compañeras en la zona común. Y era eso, o quedarme 24 horas encerrada en la celda sin salir.

Al día siguiente como a las 8 de la mañana veo que se levanta una persona y digo “Esta es la mía”, e iba  a tener mi primera toma de contacto. Veo que está hablando en una cabina de teléfono que tenía una pantalla para enviar mensajes. En ese momento, me acerqué a ella para pedirle que me ayudara a llamar a casa, para poder hablar con mis padres.  Al instante me ayudó. Era una chica mexicana y la verdad es que me ayudó muchísimo allí dentro. Ella estaba allí porque tenía problemas con el permiso de residencia y la querían deportar. Intenté llamar a casa pero no podía contactar con nadie debido a que no tenía dinero en mi cuenta y claro, nadie sabía de mí.

No contacté con mis padres hasta 24 horas después. Ellos supieron de mí por Lauri, pero ella no sabía y no era consciente de que yo estaba en la cárcel. Me encontró a través de la “ACLU”: una asociación de abogados pro derechos humanos.

No contacté con mis padres hasta 24 horas después. Ellos supieron de mí por Lauri, pero ella no sabía y no era consciente de que yo estaba en la cárcel. Me encontró a través de la “ACLU”: una asociación de abogados pro derechos humanos. Me vino a buscar a la cárcel, intentó verme, pero le dijeron que no, que solo podía verme un abogado. Pero como todo lo que llevaba sucediendo: era mentira.

Antes de esto, yo hice dos amigas allí, y una de ellas tenía dinero en su cuenta y me dijo: “Joder Cristina, no sé cómo no se me ha ocurrido antes, intenta llamar a tus padres desde mi cuenta de teléfono”. Lo intenté, daba pitido, pero se cortaba, debido a que en España recibían un mensaje de “quieres aceptar una llamada desde la cárcel Norcor estadounidense”, y mis padres no entendían nada.  De repente, vi que en mi pantalla y en mi cuenta aparecía mi nombre, foto y saldo disponible. Había sido Lauri. Vi un mensaje de ella que decía que lo sentía muchísimo y que tenía que hablar con mis padres y me mandaba el número. Debido a que los guardias le dijeron que yo no me sabía ningún número -otra mentira- porque yo me sabía el móvil de mi madre, mi padre, mis amigas…

Lauri me ingresó 50$.  Por fin, llamé a mis padres y me cogieron. Fue un alivio impresionante. A todo esto, mis padres se pensaban que estaba en aduanas, cuando realmente estaba en la cárcel. Lauri me advirtió que no hablara mucho del tema, porque las conversaciones eran grabadas y podían tener algún tipo de represalias.

 

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Por otra parte, antes de conseguir hablar con mis padres, pasaba un oficial cada hora a hacer recuento. Ahí yo aprovechaba para suplicarle y preguntar cuando salía. Siempre obtenía la misma respuesta: o silencio o que no me lo podían decir. Hasta que de repente, una de las oficiales me informó que iba a salir al día siguiente, sobre las 12.00. Pasó la noche y a las 12.00 como un reloj estaba en la puerta para preguntar cuando salía. Pasaba el tiempo y ya eran las 14.00 y yo no sabía ni a qué hora tenía el avión. Porque calculando la hora a la que tuviera el avión, sabía la hora máxima a la que podía salir. Si pasaban más de las 17.00 sabía que ese día no me iba. Entonces pregunté cuando iba a salir y me respondió con un: “Tú no sales hoy Cristina”.  ¡Como que no salgo hoy si mi madre me ha dicho que tengo los billetes! Una vez más estaban jugando con la tortura psicológica.

Mis padres en cuanto se enteraron de mi situación se pusieron en contacto con el Consulado en San Francisco y la Cónsul les dijo que no se preocuparan tanto, que yo estaba como en un hotel… Y yo la invitaría a ella a pasar unas horitas en ese maravilloso hotel.

Esa misma policía me preguntó qué tal había estado en el sitio ese, y yo: “se llama cárcel, puedes decirlo, cárcel”.

Al de un rato, vino ese oficial a decirme que salía dentro de poco. Llamé de nuevo a mis padres y les tranquilicé al decirles que no sabía cuando, pero que salía. Aún así, le pedí a una compañera de la cárcel que cuando yo me fuera escribiera a Lauri y le informara de que yo ya había salido de la cárcel para que se lo dijera a mis padres. Porque en ese momento yo no sabía si al llegar al aeropuerto me iban a devolver mis pertenencias.

Me sacaron de allí, me devolvieron todas mis pertenencias y los policías que me escoltaron  majísimos: “De puertas para fuera idílico todo, pero de puertas para dentro un infierno”. Además esa cárcel estaba en unas condiciones higiénicas horrorosas, el agua salía amarilla, la comida era incomible. Todo como en Orange is the New Black.

Así que, ahora todo el mundo era simpatiquísimo conmigo, me cargaron el móvil para que pudiera hablar con mis padres. Esa misma policía me preguntó qué tal había estado en el sitio ese, y yo: “Se llama cárcel, puedes decirlo, cárcel”.

Finalmente llegué al avión escoltada. Mi pasaporte no me lo dieron hasta que llegué a Alemania, porque se lo dieron a los azafatos, debido a que no me lo podían dar a mí, por motivos desconocidos.

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Cristina Alonso junto a sus padres a su llegada a España el 7 de julio

¿Realmente piensa que lo que le ha ocurido tiene algo que ver con las nuevas políticas de Trump?

Esto ha debido de pasar siempre, pero sí que es verdad que con Trump se ha intensificado la situación. Nunca les ha temblado el pulso, pero ahora menos. Porque se ven respaldados por un presidente homófobo, racista, inculto… Pero lo peor de todo, es que es un ignorante y no sabe que lo es.

Luego también alardean de “El sueño Americano” y su democracia… Yo me quejo mucho de Europa y de España, pero me he dado cuenta de que Europa en ese sentido, le da mil vueltas a EE.UU: en libertad de expresión, de decir o hacer lo que quieras, dentro de lo cívico claro está.

¿Va a poder volver a entrar en EE.UU sin ningún problema?

Supuestamente sí, lo que pasa es que tendría que hablar con la embajada americana por si hubiera algún problema. A mí me dijo la policía que si volvía con el visado correcto, podía entrar sin ningún problema. Pero sabiendo cómo son ellos, y que yo ya estoy fichada por un error administrativo…

¿Se puso en contacto alguna institución pública con usted o con su familia?

No, nadie. El consulado lo único que hizo fue informar a mis padres de cuando iba a salir. Mis padres también se pusieron en contacto con asuntos exteriores y les dieron un correo que no era válido. Así que, la atención que recibí por parte de las instituciones públicas: fatal.

¿Ha tenido algún tipo de trauma con lo ocurrido?

Sí, bueno, he tardado un par de semanas no en hacer vida normal, porque hice vida normal desde el principio, pero sí que es verdad, que ahora tengo un poco de claustrofobia. Yo nunca he sido una persona claustrofóbica. Cuando me quedaba dormida en mi cama me daba la sensación de que estaba encerrada y eso me agobiaba. También me recetaron unas pastillas para dormir, pero no funcionaron y las dejé de tomar.

Y bueno, poco a poco y ya estoy bien. Hago vida normal y estoy orgullosa porque reconozco que me ha afectado, pero mi vida no se ha parado por ello. Soy consciente de que es algo que me ha ocurrido y tengo la sensación de que ha pasado hace mucho. Quiero sacar de esto lo positivo, vengo con otra mentalidad, con otro pensamiento. No quiero que este incidente pare mi vida, no quiero dejar de viajar, porque es una parte de mi personalidad y no lo voy a permitir.

 

Simplemente espero que mi historia sirva para ayudar a personas que se encuentren en mi misma situación y denunciar lo que me ocurrió.

 

Todas las fotografías cedidas por Cristina Alonso González

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