Se queda

No, el verano no se queda. Al igual que Neymar al Barça, las vacaciones nos abandonan. A nosotros, que tanto las amamos. No cabe duda de que las echaremos de menos, pues sería de necios no extrañar la libertad de decidir qué hacer en cada momento y de poder vivir sin preocuparnos por nada.

Sin embargo, tengo una buena noticia para vosotros: la vuelta a la rutina no es para tanto.

Soy consciente de lo chocante que esto puede sonar, pero tengo varios argumentos que demuestran esta teoría. El primero de ellos, el más obvio: las vacaciones no supondrían nada especial si estuviéramos todo el año de vacaciones. Su excepcionalidad es, precisamente, lo que las hace deseadas. Por tanto, si fueran eternas perderían su valor.

En segundo lugar, hay que ser sincero y reconocer que las vacaciones no son tan perfectas como acostumbramos a describirlas, pues, muy a nuestro pesar, continuamos teniendo bastantes quehaceres. Algunos, incluso, los vamos apuntando en nuestra agenda para llevarlos a cabo durante este periodo: pintar una habitación, buscar estanterías en Ikea -y luego colocarlas, claro-, ordenar el trastero,… Además, quizá nos toque aguantar a ese familiar que no nos cae bien, cuidar de un sobrino cuyos padres trabajen; o quizá, simplemente, nos aburramos porque las ciudades quedan desiertas y no hay forma de encontrar con quién pasar el rato.

En verano, los numerosos amantes del fútbol se encuentran, de pronto, teniendo que ver el Tour para llenar el vacío posterior al final de la temporada. Incluso los mundiales de natación y atletismo, que de disputarse en otras fechas tendrían una repercusión muy limitada, se convierten en magníficas opciones para matar el gusanillo. Con la segunda quincena de agosto llega el comienzo de la Liga y la agonía de los futboleros termina. Y mañana, martes, regresa la Champions League.

Y, por último y más importante, el resto del año, ese largo intervalo en el que estamos sujetos a férreos horarios y obligados a realizar abundantes tareas, no es tan malo como lo pintamos. Es cierto que madrugar no es agradable, que habrá días en los que desearemos desgracias a nuestros jefes o profesores, que nos cansaremos de algunos compañeros y que nos faltará tiempo para hacer actividades que nos gusten. A veces nos tocará comer deprisa, dormir extremadamente poco o meter muchas horas para acabar a tiempo tareas inútiles, estúpidas e inservibles. De acuerdo. Pero con la vuelta a la rutina nos reencontraremos con otros compañeros a los que sí tenemos ganas de ver y que nos amenizarán los meses de otoño, invierno y primavera. Por si esto fuera poco, al tener menos tiempo libre, lo optimizaremos mejor y podremos planear actividades con antelación. De esta manera, es más complicado que nos quedemos sin absolutamente nada que hacer. Que haya menos posibilidades de improvisar no es necesariamente negativo.

Winter is coming, evidentemente. Pero el invierno no será tan duro como nos queremos hacer creer a nosotros mismos hoy. Y aunque las razones expuestas en este artículo no fueran más que excusas que ponernos para animarnos, es mejor retomar la rutina con una actitud positiva. Afrontemos la vuelta al cole, a la uni, al curro, con optimismo, y nos irá mejor. Ánimo, que no es para tanto.

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