Salgan de la burbuja

En una burbuja. Así viven los futbolistas de élite, ajenos, en su mayoría, a lo que ocurre en el mundo de los mortales, en el de los que sufren para llegar a fin de mes, en el de los que pagan para verles jugar o se buscan la vida en páginas piratas de Internet.

Hace tiempo ya que el fútbol se convirtió en un negocio. El último y más claro ejemplo: los 222 millones de euros que ha pagado el PSG por Neymar. Nasser Al-Khelaïfi, el jeque qatarí que dirige el club parisino, afirmó tranquilo en rueda de prensa que no se trataba de un traspaso caro, ya que ingresarán mucho más dinero del que han gastado en el brasileño. Aun así, no se puede obviar que el ex del Barcelona percibirá 30 millones de euros anuales. Para que se hagan una idea, casi un euro por segundo. Con este dinero podría comprarse unas 3.500 hamburguesas de 1 euro cada hora. Sus más de 80.000 euros diarios suponen un ingreso superior a lo que la inmensa mayoría de la población gana en un año, en dos, en tres, en cuatro, en cinco, en seis o en siete. Eso sí, el brasileño genera esas desorbitadas cantidades. Al-Khelaïfi lo tiene claro.

Neymar dice que no lo hace por dinero. Que él simplemente persigue desafíos, como lo fue jugar en el Barcelona junto a Messi. Aunque, si nos paramos a pensar, puede que aquel no fuera el reto. Quizá en aquella ocasión se trataba de estafar al fondo de inversión DIS Esportes -que era propietario del 40% de los derechos del jugador- y a Hacienda, obviamente, sin ser pillados. Fracasaron. El clan Neymar, encabezado por su padre con aires de mafioso, fue condenado, al igual que el FC Barcelona.

Pero claro, el nuevo crack del PSG no es, ni mucho menos, el único jugador en haber sido cazado en fuera de juego por la Agencia Tributaria. Messi, Cristiano Ronaldo, Mascherano, Di María, Alexis Sánchez, Falcao, Coentrao, Özil o Pepe también forman parte de esta vergonzosa lista. Quien menos, presuntamente. La conclusión es que muchos lo intentan, aunque, vistos los castigos impuestos, es hasta lógico intentarlo. Si les pillan, pagan una multa irrisoria para las cifras que mueve el fútbol hoy en día, les caen unos meses de cárcel que jamás cumplirán, y a volver a correr detrás de una pelota, a seguir siendo admirados.

No sé si algún día explotará la burbuja. Si algún día los aficionados dirán basta a las camisetas de 100 euros y los abonos de 600, si dirán basta a salir del estadio un lunes a las once de la noche o un sábado a las tres de la tarde. El fútbol forma parte de nuestra sociedad y es tremendamente difícil que deje de hacerlo. Y de ello se aprovechan los que mueven los hilos. Se aprovechan de los aficionados que no conciben una vida sin su equipo, sin su deporte.

Me dijeron ayer que los dirigentes nos quieren amargados para que busquemos aliviarnos consumiendo lo que nos hace felices: ropa, fútbol, libros o el último iPhone, da igual. En definitiva, se trataría de olvidar nuestras tristes vidas por un corto espacio de tiempo. Tampoco sé si esta teoría es verdad, pero lo que sí resulta evidente es que no estamos dispuestos a renunciar a esos pequeños placeres, a pesar de que los futbolistas nos roben y los directivos se aprovechen de nosotros.

El horizonte parece aún más oscuro que el presente, puesto que sería sorprendente que desde los despachos no siguieran tensando una cuerda que ni siquiera sabemos si tiene límite. Si pueden ganar más dinero, lo harán. Si les preguntas por ello, afirmarán que sería de necios no hacerlo, que son negocios. Pisotear la ética hace tiempo que les da igual.

Sin embargo, la profunda influencia del fútbol en la sociedad abre la puerta a oportunidades fantásticas que algunos deciden aprovechar para ayudar. Jermain Defoe podría haber pasado de Bradley Lowery, un aficionado del Sunderland de tan solo seis años que tenía cáncer. No lo hizo. El delantero inglés se convirtió en su mejor amigo, pasó noches enteras con él e hizo que encabezara a la selección inglesa en Wembley. El apoyo del mundo de fútbol hizo que se recaudara una gran cantidad de dinero para tratar a Bradley, a pesar de que, por desgracia, el cáncer acabó ganando la batalla. No obstante, el apoyo y el cariño de todos, y, especialmente, de Defoe, hicieron más feliz a Bradley en sus últimos meses de vida. Ese sí que era un desafío realmente importante.

Otro caso para la esperanza es el de Juan Mata. Él ya admitió en Salvados que vivía dentro de una burbuja. En aquella entrevista con Jordi Évole quedó claro que el asturiano no se asemejaba en nada al prototipo de futbolista de un gran club como el Manchester United. Parecía tener los pies en la tierra, lo cual, tristemente, no es habitual. La pasada semana lo confirmó al poner en marcha un ambicioso proyecto solidario: un fondo colectivo al que destinará el 1% de su salario y que servirá para apoyar organizaciones de caridad relacionadas con el fútbol. Su objetivo es que más compañeros de profesión hagan lo mismo para poder definir “una agenda social común a todos los futbolistas”.

En el brillante artículo que escribió en The Players’ Tribune, Mata afirma buscar que los demás tengan “las mismas oportunidades” que él, y asegura que se trata de devolver al pueblo lo que este aporta a los futbolistas. En definitiva, busca cambiar la sociedad a largo plazo desde la privilegiada posición que concede el fútbol a sus protagonistas. Lo triste es que nos parece una idea alocada y que se trata de un caso aislado.

Necesitamos más jugadores como Jermain Defoe o Juan Mata, dispuestos a salir de su burbuja y ayudar. Y es que los futbolistas no deberían olvidar que deben todo a la sociedad -a la que algunos incluso roban- y a los aficionados. Sin ellos, el fútbol no sería más que un juego, como el escondite o la brisca.

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