Son conocidos y desconocidos

Hace unas noches, salí por las fiestas de mi pueblo con un par de amigas. No pretendíamos desfasar, tan solo iríamos al concierto de aquella noche para ver el ambiente que había. Al concluir la actuación nos acercamos a la zona de las “txoznas” y una de mis amigas llamó a su novio. Hasta entonces, todo había ido bien, sin problemas; pero aún quedaba la mitad de la noche.

El novio de mi amiga no vino solo. Estaba acompañado de un chico al que conocíamos de toda la vida. Aún con los problemas que hubiera podido tener cuando era pequeña en el colegio con él y otros tantos compañeros de clase, habíamos crecido, manteniendo en los últimos años una buena relación. Como ya digo, habíamos crecido juntos, habíamos jugado juntos en el patio y habíamos pasado gran parte de nuestra vida juntos en el mismo aula. Por lo que se podría decir que tenía la suficiente confianza como para sentirme cómoda con él.

Nunca había sido un chico de excesos; amigo de sus amigos, al margen siempre de los problemas, un tanto callado en ocasiones y bastante tímido, aunque podía soltar una broma como el que más. Sin embargo, tras esa noche, no podré verle con los mismos ojos.

Desde el primer momento en el que nos encontramos era evidente que estaba borracho, aunque eso no lo disculpa. Comenzamos a hablar y a hacer bromas cuando noté que se acercaba demasiado, lo que en un principio quise pensar que se debía a la aglomeración de gente que había a nuestro alrededor. Pero más tarde, empezó a pasarme la mano por la cintura y el brazo por los hombros, acercándome a él mientras yo trataba de apartarlo de la manera más disimulada posible.

“¡Qué tontería!”, pensaréis. Solamente estaba siendo amigable contigo. Creedme que no era solamente eso. Se trataba de cómo me miraba y la manera en la que me hablaba. Más de una comprenderá lo que quiero decir. Desvié la conversación hacia algo tan aburrido como los estudios, con lo que esperaba no hubiera problemas. Sin embargo, al de tan solo dos minutos comentó: “Con lo guapa que eres, seguro que te cogen en algún sitio” Y lo curioso es que aquello no fue lo peor que pudo decirme aquella noche, refiriéndose a mí al rato como “la pechitos”.

Al escuchar aquello decidí que la conversación había terminado y me fui con mis amigas a otra parte. Una de ellas, me dijo que sentía mucho no haberme ayudado pero que al no conocerle de nada le daba apuro decirle algo por si reaccionaba de una manera agresiva. Mientras, la otra le disculpó argumentando que estaba demasiado borracho y que no creía que tuviera malas intenciones ya que al parecer estaba conociendo a una chica con la que pretendía ir en serio.

También hubo comentarios por parte de esta chica del estilo, “son chicos”, como si eso les eximiera de tenernos algo de respeto al sexo opuesto. Además explicó como en el grupo de amigos de su novio conocían a mi amiga por un atributo físico que no comentaré. Al parecer a su novio le había parecido divertida la interacción entre este chico y yo y pensó que deberíamos liarnos. Mi amiga le explicó que tenía novio pero él lo ignoró por completo, animando a este chico a que siguiera en su empeño. Esto me hizo plantearme como de ciega debía estar una persona como para pensar que porque su amigo me encontrara atractiva simplemente estaba todo hecho, y yo no tenía nada que decir.

Para mi desgracia nos lo cruzamos otra vez y aunque fingí no verle, él sí me vio a mi. Se acercó y dijo: “¿Qué pasa pechitos?” a lo que respondí: “¿Puedes dejar de llamarme pechitos, por favor?” Él me miró sin ver, de lo ebrio que estaba: “¿Por qué pechitos?” terminó diciendo. A esas alturas no quería replicar, tan solo quería que se fuera. No recuerdo que le dijeron mis amigas para que se fuese, pero finalmente se fue.

He creído oportuno escribir este artículo porque no son casos aislados. No son locos. No son enfermos. Tampoco es la bebida. Es la persona. Son conocidos. Y son desconocidos. Y por desgracia, esta no ha sido ni será la última experiencia que tenga de este tipo.

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