El viejo, el loco y una botella rota

El viejo tiene los pies fríos, pero sigue adelante, sin parar, como ha hecho con todo en su vida. “Nunca detenerse”, ese podría ser el lema de su machacado pasado por las desgracias propias de un hombre con muy mala suerte. Se para un momento intentado decidir de una vez una dirección.

Tantos años andando desgastaron las plantas de sus pies al igual que el paso de las décadas había desgastado su ánimo y sus sentimientos. Siempre había creído que quién no odie y ame no puede ser un ser humano. Aquellos que dicen que es posible un mundo sin odio, una de dos: O no han vivido realmente y se han quedado en casa sin conocer a los millones de personas con méritos para ser odiados, o son demasiado estúpidos para darse cuenta de la maldad y chulería de mucha gente. El viejo no odiaba a cualquiera y no entendía a la gente que odiaba a colectivos o a grupos sociales; hay que odiar a personas concretas a las que conoces su lado oscuro o que, con sólo ver su rostro, comprendes que el mundo no se ha hecho para estar los dos a menos de cien metros. Para el viejo, todos conocen esos sentimientos tan arraigados dentro del ser humano, aunque no lo reconozcan.

Siente la brisa del mar en su rostro y el viejo respira hondo para sumergirse en un mundo de imaginación al que le transporta ese viento con el simple despeine de sus cuatro pelos. Deja vagar su cabeza por miles de recónditos trozos de su cerebro, recordando lo olvidado y aprendiendo lo nunca atendido. El viejo se siente bien, de noche y cerca del mar. Qué más da que el mundo le hubiera dado la espalda. Estaba vivo, cerca del mar y solo, que no es algo positivo, pero teniendo en cuenta lo rodeado de falsos, hipócritas y cabrones que se había pasado la vida entera, casi lo considera un punto a favor.

Rostros de cientos de personas se le mezclan delante de sus ojos, sin saber el nombre de muchos, sin recordar dónde había visto algunos. Es entonces cuando la fuerza de su mente, de su soledad y de su ignorada vida, lo conducen a la desesperación. Quiere encontrar una solución, ya imposible, a una vida en la que por no tomar decisiones en un momento u otro había dejado de vivir, pues difícilmente se podía llamar vida a esto, aunque hace nada se hubiera alegrado de no estar muerto.

Las manos le tiemblan, apenas le dejan encender un cigarro, ya difícil de encender de por sí debido a la brisa del mar. Fumando, baja a la playa. No hay ni un alma debido a la alta hora de la madrugada de la que se trata. Se quita los zapatos y los calcetines, y los tira a una basura colocada y bien afincada a la arena. Disfruta un momento el tacto de la arena entre sus dedos. Camina unos pasos dejando hundir sus pies, sin luchar. Apenas hay cuatro estrellas en el cielo, pero ya son más que las personas a las que había querido de verdad en toda su vida. En cada astro del firmamento que es visible se aparecen esos rostros, de personas ya desaparecidas. Su madre, un amigo de los de verdad, una novia con la que él soñaba casarse mientras ella reflexionaba sobre como dejarlo… Personas que ya ni estaban vivas, pues el viejo, a pesar de todo, ha vivido una larga vida.

Una voz, si se le puede llamar así, suena en medio de la oscuridad. Más bien era un lamento, un quejido.

-¿Quién anda ahí? -pregunta el viejo.

Nadie responde, y piensa que era un gato o algo parecido. Pero después se oye un vidrio rompiéndose y el viejo se acerca. Los ojos se le acostumbran a la oscuridad y ve una escena peculiar. Un chaval de poco más de veinte años está tirado en el suelo, agarrándose con una mano la otra, que le sangra profusamente.

-Pero, ¿qué has hecho chaval?

-Le he dado un puñetazo a esa botella y se ha roto.

El viejo ve por primera vez la botella de cristal con cerveza de un litro. La parte de arriba estaba rota por el puñetazo del chaval, pero más de la mitad de la cerveza no se había derramado. El viejo la recoge y observa que lo malo es que para beber la botella se ha quedado con una especie de dientes que hacía que fuera difícil poner la boca sin cortarse. Pero al viejo ya le da igual. Bebe un trago y se sienta al lado del dolorido joven.

-¿Por qué le has pegado a la botella?

-¿Y por qué no?

-A eso no sé qué responder. ¿Qué haces aquí tirado en la playa?

-No sé, sólo recuerdo estar bebiendo con alguien. Y ya está. Me habrán hecho reacción las putas pastillas para la cabeza que me hace tomar el médico. Qué no estoy loco, joder.

-Te creo chaval. Me has caído bien. ¿Quieres un cigarro?

-Mejor no. Un trago y me recompongo.

El viejo pensaba que se iba a cortar, pero esta lo bastante lúcido como para esquivar las partes dentadas.

-¿Y tú que haces aquí, viejo?

-Pues te lo diría chaval, pero no te conozco de nada.

-No hablas con la gente a la que no conoces. Pues te habrá ido bien en la vida a la hora de relacionarte.

-No es eso, es que es una cosa muy personal.

-¿Crees que mañana me voy a acordar de algo? Mírame como estoy.

-Ya también. Supongo que puedo hacerte un resumen.

El viejo le quita la botella de las manos, le da un trago largo, sin tener cuidado, y se corta.

Saca un pañuelo del bolsillo y se tapona la herida. El chaval seguía sangrando, pero parece que se le ha olvidado. El viejo sigue con los pies fríos a pesar del contacto con la arena, y eso lo molesta profundamente.

-Pues a ver. Supongo que puedo empezar por el final. Me detectaron cáncer el otro día. No voy a pedir ayuda a nadie, si antes no se han preocupado por mí. Ni siquiera a ese médico asqueroso que me trató fatal. Entiendo que tengas miles de pacientes al día, pero podrías tener un poquito más de tacto, cabrón. Además, ¿para qué curarme? No tengo nada que hacer, no tengo a nadie. No voy a dejar que ese gilipollas me opere, ni ese ni nadie.

El chaval no puede parar de reír. El otro no dice nada, le da bastante igual. Pero al final no puede evitar preguntar.

-¿Se puede saber de qué te ríes?

-De lo del médico. Son todos unos cabrones, a qué sí.

-Pues no lo sé.

-¿Pero qué tiene que ver eso con lo de que estén en la playa?

-Hombre, pues tenía la idea de meterme en el agua y no salir.

-Al final saldrías, es muy fácil aburrirse de estar ahí metido.

-¿Seguro que las pastillas que te dan no son para la inteligencia? Digo que me voy a suicidar.

-¿Y a qué esperas?

-No me atrevo ahora. Me da mucho miedo.

-Menudo gallina.

El chaval se bebe lo que queda de la botella y la lanza con fuerza al mar, donde se queda flotando. El viejo lo observa largo rato y comprende que éste es el tipo perfecto para ser odiado.

-Chaval, te tengo bastante asco.

-¿A mí por qué?

-No sé, no es sólo una cosa. Es todo. Eres una persona muy fácil de odiar.

-¿Eso es algo bueno o no?

-No olvides también que además eres tonto.

El viejo se levanta con decisión. Le había entrado valor hablando con ese joven alcohólico. Para conocer a más chavales como ese, ¿no era mejor irse de este mundo?

Se mete lentamente en el agua. Está muy fría, pero extrañamente no lo nota demasiado. Ya los tenía fríos de antes, como si supieran como iba a estar el resto del cuerpo en poco tiempo.

Desde atrás, el chaval lo jalea.

-Venga tío, que lento. No tienes huevos o qué.

El viejo suspira hondo. Se niega a que su final sea así, con un drogadicto loco detrás, animándole a que lo hiciera. Da marcha atrás y vuelve a donde el chaval.

-No lo has hecho.

-Venga chaval, levanta que te voy a invitar a algo que no tenga los bordes rotos.

-¿No te caía mal?

-Y me caes mal. Pero no me apetece estar solo.

-Si me invitas no te voy a decir que no.

Así que los dos hombres salen de la playa, uno descalzo y el otro borracho, sin saber muy bien adonde van, pero seguros de que al igual que la botella rota que en este instante recorre el mar, encontraran un camino que recorrer, aunque no lleve a ningún sitio.

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