El día que los hombres fuertes lloraron

Tenía ganas de escribir algo sobre el deporte más épico de todos cuantos hay, el ciclismo. Prácticamente todos los que amamos el deporte conocemos alguna historia sobre los duelos entre Coppi y Bartali -a menudo relatadas como si fuesen epopeyas griegas-, la voracidad y el carácter ganador del “Caníbal” Eddy Merckx o a nivel estatal, de los Tours de Bahamontes y Ocaña o el equipo KAS. Sin duda alguna, el ciclismo antes de la década de los 80 es uno de los deportes que más se presta al relato y a la literatura por el epicismo que antes comentaba. Y es que no nos engañemos, ver por la televisión a una persona retorcerse de dolor sobre la bici porque está dándolo todo mientras sube un puerto… tiene un punto de morbo que mola mucho. Sobre todo cuando es verano y estás tranquilamente sentado en el sofá.

Actualmente se está corriendo el Giro de Italia, una carrera que si todo sigue como está ahora, será recordada porque su ganador, el holandés Tom Dumoulin, se paró a cagar en un prado del Umbrailpass. Triste pero cierto: si anteriormente se recordaba al ganador de una gran vuelta por una actuación sobrenatural en una determinada etapa o en las contrarrelojes, el ganador -insisto, si finalmente lo consigue- del Giro de este año será recordado por hacer algo que al fin y al cabo todos hacemos en algún momento del día, no por sacarle casi 3 minutos a Nairo Quintana en una contrarreloj y haber mantenido esa ventaja en las rampas prácticamente sin la ayuda de algún gregario interesante. Y sobre esto no solo deberíamos reflexionar los periodistas; los dirigentes de la UCI también deberían analizar por qué han hecho del ciclismo un deporte aburrido que no engancha a la gente.

Pero bueno, hoy quería escribir sobre una de las etapas más duras de la historia de la ronda italiana. Una etapa que demostró que el ciclismo es un deporte para valientes en el que un buen par de cojones tienen bastante más importancia que la calidad. El 5 de junio de 1988 el americano Andy Hampsten vivió el momento más importante de su carrera en una etapa que ni siquiera ganó -finalmente fue el holandés Erik Breukink el que consiguió llevarse el gato al agua- pero que siempre será recordada por su magnífica ascensión -y posterior descenso- al Passo Gavia (casi 14 km de ascensión con rampas de hasta el 16%) bajo una gran tormenta de nieve.

Andy Hampsten no era un desconocido para el pelotón, de hecho, dos días antes demostraba sus buenas condiciones como escalador ganando una etapa en el Selvino por delante de Perico Delgado y se colocaba quinto en la clasificación general a 1 minuto y 18 segundos del líder, el italiano Franco Chioccioli, y tenía claro que esa etapa sería la que acabaría decidiendo quién ganaría el Giro. De hecho, todos sus rivales sabían que iba a atacar en esa etapa.

Las previsiones meteorológicas indicaban que haría frío y llovería durante todo el día -¿Quién podría pensar que en el Gavia no nevaría? Desde luego…-, y como de costumbre, los 154 corredores que conformaban el pelotón en aquella etapa tomaban la salida ataviados con chubasqueros, manguitos y perneras. Tras superar el Passo Aprica, primera cota montañosa de la etapa, los compañeros de Hampsten le ayudan a deshacerse de su ropa mojada dejándole tan solo con el maillot, una camiseta interior, el culotte y los manguitos, además de unas gafas de esquiar Oakley antes de emprender la ascensión al tan temido Gavia, en cuya cima ya llevaba nevando desde la noche anterior. Podría parecer que no iba lo suficiente equipado, pero el tiempo acabaría demostrando que no estaba equivocado.

En ese momento decide atacar el holandés Johan Van der Velde, cuyo único objetivo era coronar el Gavia en primer lugar para sumar los puntos correspondientes a la clasificación de la montaña que él mismo lideraba en aquel momento y el pelotón comienza a desquebrajarse en numerosos grupos. Poco después, lanzaría un demoledor ataque Andy Hampsten, y otro holandés, Eric Breukink le seguiría a rueda. Tras ellos, los que a priori partían como favoritos para ganar el Giro comenzaron a perder contacto con el grupo, y se les vería pedalear como autómatas, sin fuerzas y completamente helados de frío: Perico Delgado, el suizo Urs Zimmerman, el francés Jean François Bernard y el inesperado líder Franco Chioccioli, a quien su equipo ni siquiera ayudó (prefirieron concentrar todos sus esfuerzos en Giuseppe Saroni,  otro gran ciclista que partía como jefe de filas pero que estaba a casi 3 minutos y medio de su compañero en la clasificación general).

Van der Velde coronaría el Gavia en primer lugar y un minuto después llegaron Hampsten y Breukink. Aquí es donde tendría lugar el hecho que demostraría la inteligencia de Hampsten y la importancia del trabajo en equipo: Jim Ochowicz, director del 7-Eleven le estaba esperando en la cima con bebidas calientes para minimizar el tiempo que se podría perder en mejorar las condiciones de los ciclistas. Pero aún faltaban 12 kilómetros de difícil y peligroso descenso hasta Bormio, lugar donde estaba situada la meta.

Teniendo en cuenta que la carretera no eran ya del todo propicias debido a la nieve acumulada, habría que sumarle también que muchos ciclistas habían ascendido sin ropa térmica de ningún tipo -como el propio Van der Velde– y tenían que parar en la cima del Gavia a tomar bebidas calientes y vestirse para afrontar el descenso y que aquellos que llevaban ropa de lluvia tendrían que cambiarse también de ropa porque el agua que llevaban acumulada estaba comenzando a convertirse en hielo. El caso más extremo fue el de Bob Roll, gregario del propio Hampsten en el 7-Eleven, que perdió la visión momentáneamente en los últimos kilómetros de subida, tal y como cuenta él mismo en este vídeo que os dejo a continuación:

Además, los frenos y los cambios de muchas bicicletas estaban absolutamente congelados y no funcionaban, lo que imposibilitaba el descenso. Muchos corredores se olvidaron prácticamente de la carrera y decidieron meterse en los coches de sus respectivos equipos hasta que su cuerpo se calentase y pudiesen afrontar el descenso de una manera segura, lo que derivó en pérdidas de tiempo impresionantes. Incluso los propios aficionados cedían sus anoraks a los ciclistas.

Breukink ganó la etapa y siete segundos después llegó Hampsten, que aquel día se vestiría de rosa por primera vez. Tras ellos, casi 5 minutos después llegaría Tomasini, tercer clasificado en la etapa. Van der Velde, que había alcanzado la cima en primer lugar, llegaría casi 47 minutos después porque hizo gran parte del descenso a pie. La imagen de los ciclistas una vez habían llegado a meta era desoladora, muchos lloraban, otros acabaron inconscientes. Jean François Bernard expresaría con palabras el pensamiento de muchos aquél día: “¡Joder! Estáis locos, ¡locos!“.

Actualmente, esa etapa no se habría corrido. Pero aquel día, el director del Giro, Vincenzo Torriani decidió no recortar el recorrido de la etapa porque la edición de aquel año no había acaparado la suficiente atención. Esto nos hace preguntarnos: ¿Era necesario hacer sufrir tanto a los ciclistas, que al fin y al cabo son personas, con el único objetivo de que los espectadores disfruten? ¿El show debe continuar siempre, pase lo que pase?

Andy Hampsten acabaría ganando ese Giro de Italia tras dar el estacazo definitivo en una cronoescalada con final en Vetriolo Terme celebrada tres días después, donde conseguiría sacar 1’51” a su perseguidor Breukink. Desde aquel momento, su carrera no sería nada despreciable: tercero en el Giro de 1989, cuarto en el Tour de Francia de 1992 -ganando la etapa con final en Alpe d’Huez– y victorias en carreras como el Tour de Romandía. Daría sus últimas pedaladas como gregario de Miguel Indurain en el Banesto y de Lance Armstrong en el US Postal.

A día de hoy, la victoria de Hampsten en el Giro es el segundo hito más importante del ciclismo americano junto a los tres Tours de Francia de Greg Lemond. Porque total, en los Tours entre 1998 y 2005 no ocurrió nada.

PD.: Por si alguien dudaba que los ciclistas son de otra pasta. De los 154 ciclistas que comenzaron la etapa, finalizaron 139.

(Foto de portada: Sports Illustrated)

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