Una religión incomprendida

Como si de una peregrinación se tratase, el pasado sábado 6 de mayo, amantes del blues se congregaron en torno a la ermita de San Bartolomé, en Leioa, para disfrutar del Sanbar Blues Festival. Todo estaba preparado a la perfección, parecía como si el mismísimo apóstol lo hubiese querido así. La luz solar iluminaba el escenario y el olor a polen dejaba huella por donde pasaba.

La pétrea fachada de la Taberna San Bartolomé, próxima al escenario, relucía acaparando la atención de todos los allí presentes (o quizás simplemente querían tomar algo). En cualquier caso, fue allí donde comenzó la magia de la mano del dúo suizo The Two, compuesto por Yannick Nannette y Thierry Jaccard, dos guitarristas que nos deleitaron con un aperitivo de lo que más tarde sería el concierto. Numerosas familias se encontraban charlando y disfrutando de algún que otro pincho. Pero cuando el bullicio parecía haberse asentado, un desgarrador llanto de guitarra enmudeció a todos. Los menos experimentados en la cultura musical no parecían comprender la magnitud de aquello. Como si todos los días pudieran ver a dos artistas sensacionales desnudando sus sentimientos ante ellos.

Tras la comida, los estómagos del público estaban llenos, pero faltaba el postre: una “pizca” de blues. Un género musical nacido en EE.UU. como respuesta al racismo y que se caracteriza por las técnicas expresivas de instrumentos como la guitarra o la armónica. También ha influido en otros géneros como jazz, rock and roll, góspel, rap, reggae, etc. En definitiva, una de las mayores influencias musicales del siglo XX. El celebérrimo cantante, guitarrista y compositor estadounidense apodado como “el Rey del blues”, Riley Ben King, sostenía que el blues es vida y que mientras tengamos gente, lugares y sentimientos, siempre tendremos blues.

La tarde se abalanzó sobre este cronista y los músicos empezaron a llegar. El primer grupo en saltar al escenario fue el modesto cuarteto bilbaíno Mud Candies, compuesto por Iñigo Elexpuru a la batería, Víctor Martín acariciando el contrabajo, Guillermo Santibañez a la guitarra y la encantadora Xandra Vega con su voz angelical. Ante ellos, un enjambre de personas en pie esperando ansiosos el primer acorde. Tras el merecido reconocimiento a los organizadores del evento, comenzaron con el tema Quizás, quizás, quizás escrito por el compositor cubano Osvaldo Farrés. El calor no solo hizo mella en los intérpretes, también asfixiaba a algunos instrumentos. Como dijo Santibañez: “El sol solo se porta mal con las guitarras”. Sin embargo, las condiciones climatológicas no nos impidieron disfrutar de magníficas interpretaciones como Jolene, I want some cigarettes in my pocket o Down in the valley. Su actuación despertó pasión en el público, que se deshizo en aplausos para despedirlos con el ocaso.

Camuflado entre la densidad del público apareció el dúo que tanta expectación había generado horas previas al concierto. Los semifinalistas del Blues Challenge International 2015, no tardaron en subir al escenario que todavía ardía de pasión. Pero ellos no tenían intención alguna de apagar el fuego, más bien todo lo contrario. Y vaya si lo hicieron. Interpretaciones estelares como Blues in my bones acompasadas por la majestuosa voz del mauritano Yanick Nanette causaron el estupor general. El grupo pateaba con ímpetu una pedalera de efectos situada al borde del escenario que parecía indestructible, (y digo parecía porque, para la desdicha de todos, acabó por romperse). Jaccard y Nanette, envalentonados por la emotividad del público, dejaron la pedalera a un lado y siguieron. Como suele decirse: “The show must go on”.

Con la luna menguante como invitada especial, comenzó el tercer y último recital del día. Al igual que en todos los grandes conciertos, algo especial esperaba al final del trayecto. Mientras el astro lunar les iluminaba el camino, el veterano grupo francés Awek subió al entarimado. Dos décadas de trayectoria y nueve álbumes editados consagran al cuarteto compuesto por el cantante y guitarrista Bernard Sellam, el estratosférico bajista Joël Ferron, el incansable batería Oliver Trebel y con la armónica diatónica Stéphane Bertolino. Si el lector no conoce a estos hombres, solo con decir que tienen más de 1500 conciertos a sus espaldas y han tocado junto a artistas internacionales como The Blues Brothers o el propio B.B.King seguro que comprenden la maestría de estos artistas. Ignoro quién tuvo la idea de contratarlos, pero dio en el clavo. No lo digo yo, la efusividad del público habla por mí. Mis palabras no hacen justicia al sonido que afortunados como yo tuvimos el placer de escuchar aquel 6 de mayo.

El blues no tiene muchos adeptos por esta parte del globo, pero aquella tarde fue bien recibido en el seno de un público mayoritariamente incapaz de entenderlo. Quizás sea cierto eso que dicen. Quizás las cosas buenas no necesiten se comprendidas. Y si no, que pregunten a San Bartolomé.

 

[Fotografía de Xabier Bilbao]

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