Un ángel de carne y hueso

Cuando te quedas inconsciente encima de  tu propio vómito te das cuenta de que has tocado fondo. Es momento de reflexionar como has llegado a esa situación. Pero no me hace falta porque mi vida pasa por delante de mis ojos como por arte de magia.

Nunca fui un niño feliz. Siempre quise ser amigo de todo el mundo pero nunca llegué a encajar por culpa de mi timidez. Quizá sea mejor así; veía a esos niños de mi edad comportándose de maneras ridículas con las chicas, o poniéndose chulo por cualquier tontería. Si yo hubiera encajado entre esa gente habría sido igual de tonto, por presión de grupo, o como quiera decirse.

Mis padres merecen un capítulo aparte. Hasta que cumplí los doce años se puede decir que fueron unos padres normales; cometían muchos errores pero lo suplían con cariño y afecto. Siendo hijo único, me dieron todo el amor y todos los caprichos que quise.  Pero, al llegar a la adolescencia, mis padres se distanciaron de mí. No sé muy bien cómo explicarlo, pero de repente dejaron de tener tiempo para su hijo. Yo creo que me dieron de lado por el miedo que tenían a que yo me convirtiera en un adolescente agresivo y conflictivo, como los que tuvieron que sufrir ellos de jóvenes. No es que ellos me contaran que sufrían acoso en el instituto; simplemente lo supongo viendo el modo de ser de mis progenitores. Si no es así, por cualquier otra razón, dejaron de cuidarme como antes y yo empecé a sentirme solo. La adolescencia es mala época para sentirse abandonado. Por lo que tuve depresiones periódicas durante toda mi pubertad.

Encima de todo, cuando comencé el instituto, unos chicos que no conocía de nada decidieron empezar a hacerme lo que supongo que le hacían a mis padres; es decir, cogieron afición por insultarme, burlarse de mí e incluso golpearme.

Con 17 años recién cumplidos, en una cena familiar, probé por primera vez el alcohol. Mis padres solo me dieron una copa para que no me gustara demasiado. Fue mi tío el que les convenció de que me dejaran probarlo. Tuve la mejor sensación que he experimentado en esta cruel vida. Me sentí capaz de realizar cualquier cosa. Tal vez, esa sensación se contagió un poco en mi vida diaria, porque conseguí un grupo de amigos con los que quedar. Eran algunos de los anteriormente me hacían bullying que, arrepentidos, habían empezado a tratarme bien.

Mis nuevos amigos no se puede decir que fueran una buena influencia pues fumaban y bebían sin parar, cosa en la que yo les imité. Sin embargo, gracias a ellos, conocí a Ana. Era una chica rubia de ojos azules claros y con una belleza infinita en su rostro blanco y pálido. Su hermosura y su forma de ser alegre pero retraída a la vez, me enamoró perdidamente de ella. Ella siempre se portó muy bien conmigo, pero yo nunca me atreví a confesarle lo que sentía por ella, debido a mi falta de confianza en mí mismo, producido por  una vida de inseguridades y falta de aprecio por parte de todo mi mundo.

Otros chicos que se fijaron en ella sí que se atrevieron a intentar estar con ella. De hecho, cuando cumplí los dieciocho años, Ana comenzó  una relación amorosa con el chico que más me había pegado e insultado hacía apenas dos años. Él no era amigo mío, pues había demasiado rencor por todo lo que me había hecho pasar. Además, el jamás se disculpó por lo que me hizo.

Al ver al amor de mi vida con ese abusón, mi mundo se derrumbó por completo. Me entregué completamente al alcohol hasta que me he despertado en un charco de mi propio vómito en medio de la calle. No sé ni donde estoy así que me pongo boca arriba para situarme. Me duele mucho la cabeza pero consigo recordar cómo me ha ocurrido.

Había salido de noche con mis amigos pero ellos no aparecieron a la hora acordada. Me habían dejado tirado.  Qué se podía esperar de unas personas que habían abusado de mí hacía apenas dos años. Me habían dejado integrarme en su grupo, sí, pero no era uno de ellos. Lo único que querían era tenerme siempre cerca para mofarse de mí. Fui a la primera tienda que encontré y compré todo el alcohol que pude con el dinero que tenía. Lo bebí como si fuera agua.

Sigo recordando boca arriba un rato más. Me doy cuenta de que la única persona que me importa es Ana. Tengo que hacer algo para conseguir estar con ella y que deje de estar con ese abusón. Ahora que estoy seguro de intentar  estar con ella, me mareó más aun y notó que mi cabeza da vueltas. Sin previo aviso, comienzo a devolver todo lo que me queda en el estómago.   El vómito sale disparado para arriba debido a la posición en la que me encuentro. Pero todo lo que sube baja. Noto mis pulmones llenos de aquello que antes fue comida y me asfixio poco a poco.

De repente todo se vuelve calma. Todavía me encuentro tendido en el suelo pero ya no estoy mareado. Parece ser que todo ha salido bien. De la oscuridad surge una figura llena de luz. Ana me tiende su mano para ayudarme a levantarme y la agarro sin vacilar un segundo. Así cogidos, andamos un poco hacia una luz que se ve en el horizonte. Mi cerebro solo tiene paz  y tranquilidad. Ana me sonríe. Yo y un ángel hemos llegado hasta la luz y por fin se acaba todo.

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