Decimoséptimo

Este.

Este es el viaje más largo que vaya a hacer jamás. Apenas unos cincuenta o sesenta metros. Un viaje lleno de arrepentimientos, de impulsos contenidos, de deseos frustrados. De recuerdos. Las cosas se ponen así cuando sabes que vas a morir.

No es la primera vez que tengo la sensación de que voy a cerrar los ojos para siempre, pero esta vez sé que es inevitable. No hay nada que pueda hacer. No tengo tiempo. Quiero llamarla y decirle que la quiero. Pero no lo haré. Tengo que salir de aquí, ¿cómo voy a salir de aquí? No puedo. No, no y no.

Todo es silencioso. Menos el ajetreo de esta viejísima máquina que me traslada, cuatro paredes en las que me ahogo. Y esa risa, esa maldita risa de loco que me desquicia. No soy capaz de pensar en nada sin que esa carcajada lo perturbe. No puedo pensar en qué hice mal para acabar aquí. En qué pasos seguí, errático. Lo cierto es que, en mi interior, sabía que era cuestión de tiempo.

Las luces tintinean: me advierten. Creo que no duele morir. Es todo una mentira. Pero es horroroso. La carcajada no cesa. Se escucha su estridente sonido rebotar en los vacíos pasillos. Y vuelve a mí, en forma de eco, a provocar que quiera arrancarme la piel de la cara de la angustia. Hace segundos que el sudor consiguió empapar mis cejas. Una fría gota ha conseguido esquivar mis pestañas e inundarme el ojo, pero no voy a frotármelo. Ni siquiera tengo tiempo para eso. Tengo que pensar, que arrepentirme. Que valorar mi vida mientras respiro este cargado aire, el último que me es concedido. Y huele mal. O puede que sea mi cabeza, que la estoy perdiendo. Mis pies, mis manos, pesan demasiado y ni siquiera puedo despegarme de la pared.

Los botones del ascensor no pueden volver a pulsarse hasta que haya llegado al próximo piso. Ese es mi problema. Intento encontrar algo, pero no consigo enfocar nada. Estúpida risa, cállate de una maldita vez. Cada vez respiro más fuerte y profundamente pero siento que no vale de nada. Dejo mucha música sin escuchar, muchos libros sin leer. Mis fosas nasales se van a dar de sí. Las luces siguen pestañeando, no quieren perderse tan esperpéntico espectáculo. Saben igual que yo que no tengo escapatoria. No hay margen para la épica, todo está decidido. Esa risa malévola así lo anuncia. Es cada vez más fuerte, más sonora, más penetrante. Y ahora está justo frente a mí, al otro lado de la puerta. Me quedan cuatro segundos. No me da tiempo a acordarme de todo. Tres. Tenía entendido que al morir ves tu vida pasar por delante de tus ojos, pero me doy cuenta de que es una estupidez. Dos. Es inútil. Debí de hacerte caso. Lo siento. Uno. Adiós. Hasta siempre.


Hacía cinco minutos que acababa de tener mi última llamada telefónica, sin ni siquiera saberlo. Las instrucciones eran sencillas: piso 17 y al fondo. Es algo tarde para este tipo de encargos, pero es la vida que me ha tocado. ¿O la elegí yo? En cualquier caso, ya estoy allí plantado. Esta vez, gozaba de compañía. “¿A qué piso va usted?” 16. Estas puertas son demasiado lentas, espero que el ascensor no. Un viejo cubil, con los órganos internos reformados y modernizados, según la pegatina en la que algún gracioso ha garabateado. Apretado, marrón oscuro, sucio. Con luces inquietas. Por momentos parece que nos vayamos a quedar a oscuras.

No se a dónde mirar cuando estoy con alguien en uno de estos. Y solo vamos por el segundo. Este hombre lleva guantes, ¿por qué lleva guantes? No voy a mirarle tan descaradamente, va a pensar cualquier cosa. Los botones del ascensor están rajados. Octavo. Vamos bien. ¿Cuánto llevamos aquí metidos, por el cadáver de Dios? Me vibra la chaqueta. Sí, llego a cenar, pero un poco tarde. Se lo escribiré luego, no hay prisa. ¿Habrá hecho pollo al horno? Siempre lo clava. Qué hambre, menos mal que acabo en seguida. Esto es extremadamente silencioso. Este tío está apretando los dientes, noto que está en tensión. Viste ropa demasiado oscura para mi gusto y tiene el pelo grasiento. No es trigo limpio. Seguro que es un majara. ¿En qué pensará? Ya vale, joder, me estoy volviendo loco yo. Soy un paranoico. Miraré a la pared. Qué raro, no hay espejo. Maldito cuchitril. Decimoquinto. ¿Tanto se tarda en subir un maldito piso? Qué horror. Al fin llegamos. Las puertas se abren, el hombre sale. Pulsaré el diecisiete. ¿Por qué se da la vuelta?

El desconocido, mirando fijamente al engañado recadero, descubre, en un gesto napoleónico, un revólver que portaba resguardado. Lo aprieta con fuerza, con tanta, que se escucha el crujir del cuero de los guantes con el frío metal del arma. Antes de que las puertas sellaran por completo la conexión entre los dos mundos, se le escucha, voz escalofriante, anunciar las palabras más aterradoras que el momentáneo prisionero hubo escuchado hasta el momento:

—Nos vemos en el siguiente piso.

¿Qué harias tú si supieses que, inevitablemente, al volver a abrirse las puertas del ascensor fueses a morir?

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