El bosque de los recuerdos

El bosque se acerca, sólo tengo que terminar el camino paralelo a las vías del tren. Suena un tren a lo lejos y la barrera se baja, impidiéndome cruzar a la otra parte de las vías, donde se encuentra el bosque. Recuerdo cuando andaba por allí con mi mejor amigo cuando éramos niños. Solíamos poner monedas en las vías para que cuando pasara el tren las aplastara. El problema era que saltaban y había que buscarlas entre las piedras. Nueve de cada diez monedas se perdían.

Al fin, termina de pasar el tren de mercancías y puedo cruzar hacía el bosque. Nada más llegar al comienzo de los árboles, que impiden ver más allá, me sacude un ramalazo de nostalgia.

En esos árboles me solía apoyar con Noelia hace más de veinte años. Pasábamos horas perdiéndonos en la inmensidad del bosque. Al estar a pocos minutos andando de nuestro barrio, íbamos casi todos los días. Nos contábamos confidencias bajo la sombra de pinos antiquísimos y de los pocos rayos de sol que la vegetación dejaba pasar. Nos contamos muchísimas cosas, y el conocernos mejor era nuestro pasatiempo favorito. Cuando pasábamos varios días sin vernos, corríamos hacía el bosque. Nunca hablábamos de cosas privadas fuera de allí, era como nuestro coto de seguridad, libre de miradas y oídos pretenciosos. A pesar de todo, lo nuestro nunca pasó de una simple amistad. Ese bosque significaba mucho para nuestra amistad, fuera de ese sitio no éramos nada, y dentro lo éramos todo.

Toco la corteza del árbol más cercano y siento la rugosidad permanente en la que vive este pino desde mucho antes de que yo naciera. Cuando leí la noticia tenía que venir a visitar este lugar. Esta misma tarde van a talar todo el bosque para hacer un campo de golf. Un impulso me dejó claro que  no podía dejar que este lugar desapareciera. Pero no tenía ni idea, y sigo sin tenerla, de cómo hacerlo. Por lo pronto, debía acudir a este lugar a reencontrarme con esta flora que tantos momentos importantes para mí albergó y observó.

Pienso en Noelia. ¿Qué habrá sido de ella? Los años pasaron, los cuadernos y libros de texto se convirtieron en trabajos, la inocencia se convirtió en experiencia y la felicidad y la aventura se convirtieron en hastío y rutina. Pronto nos perdimos la pista mutuamente.

Supongo que si me subiera a un árbol lograría impedir la masacre que pretendían hacer en ese lugar sólo para que cuatro personas pudieran jugar a su deporte favorito. Pero, ¿por qué voy a hacerlo? ¿solamente por un recuerdo lejano de una persona que probablemente no me recuerde? El lugar es muy importante para mí, pero todo se acaba, tarde o temprano. ¿Qué puede hacer una persona para retener unos momentos ya pasados? Por mucho que logre evitar la devastación del que fue todo mi mundo hace muchos años, esos recuerdos no van a volver a suceder. ¿Qué puede hacer una persona contra el implacable paso del tiempo? Los momentos buenos pasan, igual que los malos, dejándonos únicamente una estela de nostalgia y unos pocos recuerdos que hayamos logrados retener, porque el 90% de los momentos, por lo menos, son imposibles de recordar a no ser que los grabes con una cámara, o que se graben a fuego en tu memoria.

Me están entrando ganas de irme a casa. Me dirijo hacía el paso de las vías, cuando distingo una figura que se acerca. Me pongo en guardia, pensando que quizás sea uno de los trabajadores a los que se les ha encargado que destruyan el bosque. Pero se acerca más, y sus facciones me recuerdan a alguien que no logro ubicar, aunque, sin embargo, provoca que se me revuelva el estómago.

-¿Noelia? -preguntó.

Ella me mira absolutamente anonadada. No puede creer lo que ven sus ojos.

-¿Qué haces aquí?

-Leí en el periódico que iban a talar el bosque para hacer un campo de golf. No podía dejar que destruyeran nuestro lugar.

-Yo he venido por lo mismo.

-Tantos años después… ¿Todavía recuerdas esos momentos? -le pregunto asombrado.

-Te podría hacer la misma pregunta -respondió Noelia.

-No sabía que para ti esos momentos fueran tan importantes… Para mí lo son.

-¿Por qué crees que no lo eran para mí?

-No sé, nunca noté que…

-No soy una persona que exteriorice sus sentimientos, eso no quiere decir que no los tenga.

-Vale, ya está. Perdón.

Nos miramos a los ojos un rato. Algo me dice que este reencuentro no se va a quedar aquí sólo.

-Bueno, ¿y qué hacemos para impedir que nos dejen sin segunda casa?

Decidimos ponernos encima de un árbol, idea que se me había ocurrido a mí antes, pero que no encontraba ánimos para hacerlo. Ahora, con Noelia al lado, todo me parecía posible.

Si pensábamos que íbamos a lograr algo, estábamos muy equivocados. Han llamado a la policía y nos han bajado a la fuerza. Ahora nos encontramos cabizbajos, recorriendo el camino paralelo a las vías de tren. No queremos dirigir la mirada hacía el bosque, donde ya suenan las moto-sierras. Reflexiono y me doy cuenta de una cosa.

-Lo más importante no es el lugar, que también, sino las personas que componemos ese recuerdo. He creído siempre que era el lugar lo que echaba de menos, y en realidad te echaba de menos a ti. Me doy cuenta de las cosas demasiado tarde creo.

Noelia me observa un rato, un poco compungida. Después me dice.

-Viniendo hacía aquí he visto que han abierto una nueva cafetería en el centro del barrio. ¿Quieres que se convierta en nuestro nuevo bosque?

-Quiero que nuestro nuevo bosque sea el mundo entero, Noelia. No quiero que te vuelvas a ir.

Noelia me abraza y yo sé que una relación que debió empezar en medio de un bosque en concreto, acabará comenzando en cualquier otro lugar del mundo menos en ese, pues en este preciso instante lo están destruyendo, y con él, otro pedazo imprescindible de nuestro planeta.

 

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