¿Qué me enseñó “La senda del perdedor”?

Hace un año más o menos, conocí a unos vagabundos que vivían en las escaleras y puertas de acceso al estadio de Anoeta. Uno de ellos, el más risueño, no paraba de hacer chistes y nos dijo haber ido a clase con el actual presidente del gobierno, cosa que no creí. Fue entonces, cuando mis amigos le dijeron que yo era escritor. Paró con sus bromas y empezó a conversar conmigo sobre literatura, de la que él era un gran experto, ya que de joven él también había deseado ganarse la vida con la escritura, aunque obviamente no lo había conseguido. Me preguntó qué libros había leído últimamente y de qué autores. Él me recomendó varios, pero en el que más énfasis puso fue en Charles Bukowski. Dijo que él también había sido vagabundo antes que escritor, cosa que francamente desconozco si es verdad o no pero es lo que me dijo. Lo que sí está claro leyéndole, es que gran parte de su vida la pasó malviviendo. Antes de irme me dijo que cuando escribiera mi novela, aún inacabada, les trajera un ejemplar a Anoeta. Sigo sin terminarla, y hace unos meses me enteré de la muerte  de este mendigo por enfermedad, tosiendo y sufriendo el frío y cortante viento en unas escaleras mojadas por la lluvia.

Por eso, cuando mi hermano trajo a casa “La senda del perdedor” de Charles Bukowski, me entraron muchas ganas de leerlo. Cuando leí que era una novela autobiográfica, más.

La novela cuenta la infancia, adolescencia y principio de juventud de un joven llamado Henry Chinaski. A este personaje se le puede definir como solitario, arisco, gafe y un largo etcétera de malos adjetivos. En este libro es difícil encontrar un personaje que tenga más cosas positivas que negativas. Se podría decir que es una visión pesimista de la sociedad estadounidense de los años veinte, treinta y principios de los cuarenta, contada desde la perspectiva, en primera persona, de un chaval que intenta sobrevivir a chaparrones que amenazan con llevárselo por delante. Su padre, un hombre de clase media baja que intenta aparentar tener más dinero del que tiene, que odia a los alcohólicos, pues toda su familia lo ha sido y que pega a su hijo por cualquier cosa, es uno de los ejes en los que se vertebra sobre todo el inicio de la novela. La madre del joven Henry es un ama de casa sumisa, que también debe soportar los golpes de su marido.

Desde  un lenguaje políticamente incorrecto, con muchísimos insultos, el libro nos entra por los ojos y se convierte en adictivo para cualquiera que pase de las primeras diez hojas. Es extremadamente violento, con escenas que asombran por su dureza.

A medida que vas avanzando las hojas, se le coge cariño al desagradable antisocial de Henry “Hank” Chinaski. No quieres que le pase nada malo aunque a veces parezca que él mismo se lo busca.

Este libro lleva a una honda reflexión sobre la propia sociedad, sobre la vida misma. ¿Por qué debo trabajar?, ¿por qué me debo relacionar con otros seres humanos, si todos, tarde o temprano, me van a acabar fallando?, ¿para qué demonios he nacido, qué voy a aportar a este desgraciado mundo? Se pueden reflexionar sobre tantas cosas en este libro… Un padre que aparenta ser más de lo que es, y que intenta que su hijo también lo parezca; el papel que tiene el alcohol en muchos personajes, ayudándoles a sobrellevar el dolor que les causa la vida; una sociedad capitalista que constriñe genios y crea monstruos en personas que no merecen ese presente cruel con un pasado no malvado.

Quizá por lo que más recomendaría este libro sería por su mezcla casi perfecta de humor y drama, haciendo que escenas crueles y virulentas, te arranquen una sonrisa debido a lo bien que muestran aspectos cotidianos de la vida. Esa claridad con la que se muestra, con un lenguaje que, admitámoslo, usamos todos en nuestro día a día, hace que riamos y sin embargo nos demos cuenta de que es un asunto por el que no deberíamos reír. Los libros que tienen un lenguaje impoluto, sin ninguna palabra malsonante, es más difícil que nos haga sentir identificados con lo que se relata, aunque sea una historia que nos encante. El mayor logro de Bukowski en “La senda del perdedor” es lograr que nos metamos en la historia muy rápidamente y sin esfuerzo, haciendo que nos olvidemos de  nuestros problemas por un espacio de tiempo, sustituyéndolos por los problemas del joven Henry, leyendo las absurdeces tan reales que le ocurren.

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