Un segundo para derribar un imperio

El March Madness, la fase final del torneo de baloncesto universitario, es posiblemente la competición menos previsible de todas cuanto existen. Al ser a partido único, un mal día -que lo tiene cualquiera- puede provocar que lo que fue una buena temporada, pase a ser mediocre por no haber conseguido “tocar chapa”. Y es que, no nos engañemos: no sirve de mucho hacer una gran temporada regular si a la hora de la verdad, cuando se juegan los campeonatos, no se rinde como se esperaba. Que se lo digan si no a los Golden State Warriors la temporada pasada.

Tampoco tenemos que olvidarnos de que, al menos en baloncesto universitario, los aficionados depositan la responsabilidad de hacer una buena temporada en chavales de unos 20 años, no en personas hechas y derechas que rondan la treintena como en el deporte profesional. Es, por tanto, bastante normal que aquellos jugadores que en la temporada regular han rendido bien, tengan un día horroroso por no saber soportar sobre sus hombros la responsabilidad de satisfacer a sus aficionados o que simplemente no aparezcan cuando la pelota más quema en las manos y las decisiones deben tomarse con cabeza fría.

Y esta puede ser precisamente una de las causas de la derrota de las Connecticut Huskies ante las Bulldogs de Mississipi State en las semifinales del torneo universitario, celebradas la madrugada del sábado 1 de abril. Pero no solo eso, hay varios factores que pueden explicar por qué después de 111 partidos (865 días), los aficionados de los Huskies hayan vuelto a conocer el amargo sabor de la derrota . Y de la manera más cruel, en el último segundo, sobre la bocina, cuando el tablero está en rojo.

Mississippi State no solo venció porque su base Morgan Williams anotara la canasta definitiva gracias a un tremendo desajuste defensivo de los Huskies (entra en la zona sin recibir ninguna ayuda, su defensora puntea el tiro cuando ya prácticamente está el balón saliendo de su mano…), fueron superiores en muchos aspectos durante todo el encuentro. La canasta fue únicamente la puntilla a una serie de cosas que tarde o temprano tendrían que estallar por un lado. Todo imperio acaba cayéndose por su flanco más débil.

Las Bulldogs  querían redimirse de la humillante derrota (98-38; 60 puntos de diferencia) que sufrieron ante las Huskies en el Sweet 16 (octavos de final) del año pasado y llevaron el tempo del partido desde el principio. En los primeros compases del segundo cuarto, el marcador llegó a mostrar una ventaja de 16 puntos a favor de las Bulldogs: 29-13 (primera vez en toda la temporada que Connecticut pierde por 10 o más puntos en un partido, dato de Will Sammon) y al descanso, habían capturado 10 rebotes más que su rival (dato de ESPN).

Hasta este momento de la temporada, la falta de altura de sus interiores, uno de los principales déficits de la (hasta ahora) perfecta máquina de baloncesto diseñada por su entrenador Geno Auriemma no había sido un problema para ellas. Acostumbradas a ganar sus partidos holgadamente, con ventajas de más de 10 puntos en casi todos sus encuentros esta temporada (destacando sobremanera la victoria por 102-37 ante el vigésimo mejor equipo del país, las Bulls de South Florida), tampoco supieron como manejarse con el marcador adverso. Y es precisamente en estos momentos cuando los veteranos deben adueñarse de la situación y remar hasta llegar a buen puerto.

Lo máximo que un jugador puede estar en la universidad son cuatro años, y son también cuatro los años que los Huskies llevan ganando el título de manera consecutiva (con un total de 6 derrotas durante estos cuatro años, 4 de ellas en la temporada 2012-2013 y una derrota en la 2014-2015 y la 2016-2017). Con estos datos, podemos extraer que ni las jugadoras más veteranas se habían encontrado ante una situación así en toda su carrera. Hasta el momento, todos sus partidos en un torneo tan exigente como el March Madness habían sido paseos militares (solo hay que mirar las estadísticas) y en ningún momento habían soportado la presión de tener que sobreponerse a un marcador adverso. Al final, esa falta de experiencia les ha acabado perjudicando. Estaban malacostumbradas a ganar.

Y es que, Connecticut podría haber ganado el partido perfectamente. Katie Lou Samuelson empató el partido a 64 a falta de 26 segundos para el final de la prórroga. Al ser una falta flagrante, las Huskies tuvieron posesión tras saque de banda, pero Saniya Chong, tras dejar correr la posesión, entró a canasta y lanzó completamente desequilibrada, buscando el contacto que forzara una posible falta en lugar de asegurar con una bandeja dos puntos que podrían haber cerrado el partido. Mississippi State pidió tiempo muerto y el resto, es historia.

Esta derrota cierra una era de dominio en el baloncesto universitario, pero, al igual que cierra una era, estoy seguro de que servirá para abrir otra. A partir de la temporada que viene, veremos a unas Connecticut Huskies más fuertes que nunca, que habrán limado todos sus puntos flojos y que tendrá como estímulo las ganas de vengar la derrota sufrida este año. Como el Ave Fénix, resurgirán de sus cenizas, y aunque el imperio de Connecticut haya sido derribado, tardará mucho en ser destruido.

Geno Auriemma: el Emperador

En los 32 años que lleva entrenando a los Huskies, el veterano entrenador italoamericano ha convertido a una universidad mediocre en el equipo más dominante de los últimos años. Bajo su dirección, Connecticut ha ganado 15 títulos, 14 de ellos desde el año 2000. A sus éxitos a nivel colectivo, tenemos que sumarle dos medallas de oro olímpicas como seleccionador estadounidense (2012 y 2016) y otros dos campeonatos del mundo (2010 y 2014).

Además, puede presumir de haber entrenado a cuatro  jugadoras que se encuentran en cualquier lista de las mejores jugadoras de la WNBA: Sue Bird, Diana Taurasi, Maya Moore y Breanna Stewart -que aunque solo lleve un año de profesional, da la sensación de que puede ser una de las jugadoras más dominantes de su época-. Además, consiguió convencer a Elena Delle Donne para que jugase a sus órdenes, aunque finalmente se decantó por la universidad de Delaware, con la que también había firmado una beca para practicar voleibol. Un quinteto que podría aspirar al título perfectamente.

Ahora mismo tiene la tarea de pulir a Katie Lou Samuelson, una joven exterior que este año ha dado muestras de su talento, siendo la absoluta líder de su equipo, promediando casi 21 puntos, 4 rebotes y 3 asistencias en 31 minutos.

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